Una persona sin propósito es una persona sin hogar


por Harry Czechowicz

Foto: NY, BS

Lo leí escrito con tiza en una pizarra de un restaurante de comida rápida en el centro de Toronto. Su autor, dueño del local, había llegado del Líbano hace 22 años, sin dinero ni profesión. Se llama Elías y decidió escribir su experiencia en una pizarra de mediano tamaño porque le parecía importante compartir que sin fe ni propósitos no iba a lograr nada. 
Vivió por un tiempo en albergues, se mudó a un dormitorio subsidiado y luego alquiló un apartamento. Ahora es dueño de una casa en la urbanización donde ha vivido siempre. Profundamente católico, convencido y practicante. Conversamos acerca de la importancia de las creencias, independientemente del credo, y mencionó que los propósitos nos son dados por Dios aunque no los entendamos desde un comienzo, así que la idea de delegar para luego entender y hacer propio un propósito toma un tiempo, pero la fe es la razón de que las cosas que suceden obedecen a propósitos que muchísimas veces son confusos de entender. Por eso es tan creyente. Porque se siente protegido por algo divino que se ocupa del diseño que en su momento apropiado, entenderá. Elías cree y confía. Reza y cuestiona, conversa para entender. 

Entramos en su local, un poco desordenado, atendido por él mismo, dudando de qué pedir para seguir con nuestro programa del día. La sonrisa de Elías al preguntarnos de qué  parte del mundo éramos se transformó en una conversación más larga, como de una hora. Al salir pensé que no existen las coincidencias y que había sido dirigido a ese pequeño local, un poco desordenado pero lleno de energía, para recibir un recordatorio de que debo confiar más en muchas cosas que no controlo, independientemente del país donde esté, recordar y reforzar mi relación con lo divino y saber que no debo entender ni intentar tener todo bajo control. Dejar la omnipotencia que te engaña cuando viene implícita en una profesión donde crees saber o resolver la mayoría de los obstáculos. Retomar una sana humildad, una espera sabia y una esperanza de que no estás solo, aunque con frecuencia te asalte esa angustia. 
Gracias Elías por aliviarme la carga con tus cuentos y tu sonrisa. Gracias, Señor, por dirigir mis pasos hacia ese local donde me esperaban los consejos de una persona que no tiene profesión universitaria ninguna, pero una humanidad que no se dicta en las universidades. 
Los que vivimos, emigrantes o no, deberíamos usar más nuestra intuición o sabiduría interna, descansar en la convicción de que lo divino vela por nosotros, creámoslo o no, y descansar practicando mas meditación, oración y mayor contacto con la naturaleza que con nuestras obsesiones.



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