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¡Llorar para uno mismo!

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Un reconocimiento a los emigrantes que lejos de su tierra, pasan vergüenzas, humillaciones... Carlos Dorado. El Universal,  marzo de 2014 Recuerdo como si fuera hoy, el primer día que fui al Colegio Cervantes en Caracas. Yo era un niño que venía de una escuela en una pequeña aldea de Galicia, donde el maestro Don Delio, tenía la gran capacidad de tener en el mismo salón a todos los niños del pueblo, dándonos y exigiéndonos a cada uno los conocimientos necesarios acordes con nuestra edad. "El musiú", el marcado acento, y el hecho de venir de un pueblo y estar en una ciudad, me intimidaba muchísimo; así que siempre me sentaba en el último pupitre, para pasar lo más desapercibido posible. ¡Deseaba ser invisible! En ese momento y a pesar de mi corta edad, sentía lo que es ser "un emigrante". Esos raros y extraordinarios seres que dejan su país, sus amigos, y su familia; solo por la ilusión de poder alcanzar sus...