Cómo decir adiós. Parte 2


por Eduardo Chaktoura

El duelo es una reacción normal frente a la pérdida de un ser querido. Es una respuesta adaptativa esperable, no es una enfermedad ni un trastorno mental. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM IV) lo clasifica en la categoría diagnóstica de trastornos adicionales que pueden requerir atención clínica. "Frente a cualquier situación estresante se espera una reacción de afrontamiento y adaptación", explica el médico psiquiatra Oscar Boullosa.
Los signos y síntomas típicos del duelo son tristeza, recuerdo reiterativo de la persona fallecida o de la situación perdida, llanto, irritabilidad, insomnio y dificultad para concentrarse y realizar las labores cotidianas.
López Blanco es contundente: "La única manera de superar la tristeza es transitándola. Si no aceptamos los síntomas, en el mejor de los casos, podemos llegar a postergar el dolor; pero también corremos en riesgo de negarlo, desviarlo y transformarlo en síntoma".
El proceso de duelo comienza en el preciso momento de la pérdida y termina cuando se logra resignificar el dolor y aceptar la realidad. "La duración de los duelos es variable -detalla el psiquiatra-; depende, fundamentalmente, del impacto de la pérdida, de la estructura de personalidad del paciente y de las características socioculturales de su ambiente. Según el DSM IV, si el duelo persiste pasados los dos meses de la situación de pérdida, podemos pensar en un cuadro de depresión mayor. En nuestro contexto cultural podríamos esperar hasta un año, desde iniciado el duelo, para considerarlo como patológico."
La situación de duelo puede pensarse en torno a tres etapas: una inicial o de shock, breve; una etapa intermedia, que puede durar semanas y meses, y una etapa tardía o de recuperación, antes de cumplido el año.
"Hablamos de duelo patológico -explica el doctor Boullosa- cuando el estado persiste en el tiempo y el sujeto no puede superarlo sin ayuda profesional. Además de severos cuadros depresivos, algunos con ideación suicida, suelen ser frecuentes los trastornos de ansiedad y las adicciones."
Durante el duelo normal o esperable algunas personas suelen buscar ayuda profesional para aliviar los síntomas, los que aparecen apenas pasado el shock inicial o la etapa de recuperación. Durante el duelo patológico suele ser necesaria la intervención terapéutica combinada con fármacos y psicoterapia. "Cuando se decide instituir tratamiento se está ubicando el duelo en la categoría de enfermedad -subraya Boullosa-. El tratamiento farmacológico apunta tanto a los síntomas de estrés crónico, depresión y ansiedad como a normalizar las alteraciones inmunoendocrinas. En la psicoterapia se busca que el paciente acepte la pérdida adaptándose a la ausencia y aprendiendo a vivir con la pérdida."
Es importante seguir de cerca el proceso e identificar si alguien se estanca en alguna instancia en especial en el camino hacia la recuperación o superación del duelo. Si alguien, por ejemplo, está detenido en la negación o no aceptación de la pérdida, difícil mente podrá avanzar a fases posteriores que le permitan sortear el dolor.

La muerte, un capítulo aparte
En el duelo por la muerte de un ser querido, el dolor es mucho más profundo e inevitable. Cuanto mayor sea el amor experimentado hacia la persona fallecida, más grande y profunda será la pena, pero no hay que olvidar que la muerte es lo esperable en todos los casos.
"Tener conciencia de la finitud y de lo precario de la existencia puede ayudarnos a valorar más la vida, a disfrutar más del presente y los vínculos, y a estar más preparado para la muerte propia y la ajena", subraya la terapeuta Alicia López Blanco, quien cita a Sigmund Freud, cuando en su artículo Duelo y melancolía dice que "el papel del duelo consiste en recuperar la energía emotiva invertida en el objeto perdido para reinvertirla en nuevos apegos".
La elaboración sana de las muertes depende de muchos factores: el significado de la pérdida, el tipo de sentimientos que genera, los recursos personales de afrontamiento, la red social de apoyo, el entrenamiento basado en experiencias anteriores de pérdida o separación y los recursos espirituales (valores, creencias, apertura a lo trascendente).
La doctora en Psicología Laura Yoffe habla en su investigación sobre Los efectos positivos de la religión y la espiritualidad en el afrontamiento de duelos del fenómeno del afrontamiento religioso, haciendo alusión a que "los credos estimulan la superación de las pérdidas de seres queridos por medio de la fe, la plegaria, la meditación, los rituales, las creencias sobre la vida y la muerte, buscando ayudar a los que sufren a superar su malestar y aumentar los sentimientos positivos y el bienestar psicológico, afectivo y espiritual".
La espiritualidad y las creencias son ejes fundamentales en el trabajo del área de cuidados paliativos, en los que trabajan quienes preparan a los ancianos y enfermos para un buen morir y acompañan a los familiares sumidos en el dolor.
"Los duelos por pérdida se convierten en crónicos o patológicos cuando sentimos que quien ya no está se ha llevado una parte nuestra, nos ha escindido de alguna manera -explica López Blanco-. En ese caso no podemos discriminar lo propio de lo ajeno, y somos nosotros los que hemos perdido la conexión con nuestro propio ser."
Si bien suele dársele el mismo significado, en este contexto, es conveniente distinguir duelo y luto.
Ambos hacen referencia a las reacciones psicológicas que pueden tener quienes transitan la instancia de una pérdida significativa, pero así como el duelo es el sentimiento subjetivo, la experiencia personal del dolor que provoca la muerte es el luto hace referencia al proceso, al tiempo en el que se resuelve el duelo.
El luto es la expresión social de la conducta y las costumbres que se asumen a posteriori de la pérdida. Aquí es donde se ponen de manifiesto las costumbres propias de la cultura y las expresiones sociorreligiosas de cada familia o comunidad.

Estrategias: la aceptación es clave
Siempre resultará más o menos sencillo "soltar" la experiencia y decir adiós según la importancia o el grado de afectividad que le asignemos a la pérdida, así como de los recursos que podamos desplegar en el camino necesario e inevitable del duelo.
Ante todo, afrontar el ejercicio de la aceptación, que nada se parece al acto de resignarse. Aceptar, aunque resulte paradójico para algunos, es adoptar una actitud activa y positiva frente a lo que parece una dificultad, un trauma o un callejón emocional sin salida. Resulta esencial poder aceptar que esto (lo que sea) es posible que pase, que de hecho ha ocurrido u ocurrirá, que puede provocar mucho dolor y que es necesario sentirlo para resignificarlo. Aceptar la pérdida y el dolor para dejar de juzgar y culpar a todos los cielos por lo ocurrido. El juicio es el origen del enojo y el enojo nos enquista en la parálisis de la violencia.
Aceptar es identificar, hacerse cargo, entender que es muy probable que -en ese momento- no tengamos la posibilidad de cambiar la realidad. Lo que pasa aquí y ahora no significa que no pueda modificarse mañana o en un futuro. Seguramente lo lograremos cuando podamos aceptarlo.
Resignarse, en cambio, es  la desesperanza. Resignar es la mismísima negación, la inactividad. Es bajar los brazos, es resistirse a lo que pasa. Cuando nos escapamos del dolor, la bronca, la impotencia y la insatisfacción persisten y evolucionan. Cuando no aceptamos, al dolor le agregamos sufrimiento. Y en este escenario no sólo no hay posibilidad de cambio, sino que todo se torna más oscuro o lejano.
Si no acepto, me resigno. Y si me resigno, entrego mi vida a la indiferencia.
En su libro La salud emocional (Paidós, 2010), la psicóloga Alicia López Blanco sabe enunciar con precisión los pasos que podemos seguir para despertar esta capacidad que todos tenemos para elaborar las pérdidas:

  • Pedir ayuda: abrirse a compartir el sentimiento con aquellos que pueden contenernos y acompañarnos.
  • Hablar del tema: alivia enormemente narrar cómo han sido las cosas y describir los sentimientos, eligiendo interlocutores que puedan proporcionar una escucha activa y que se interesen sinceramente por lo que nos pasa. Puede escogerse a alguien del entorno cercano que pueda ser capaz de contener nuestra tristeza o solicitar ayuda terapéutica o religiosa, según la ideología o creencia de cada uno.
  • Abrirse al contacto físico: buscar la proximidad, la caricia o el abrazo de los seres queridos.
  • Respetar momentos de recogimiento: tratando de transitar con conciencia la experiencia emocional. Aunque en ese momento se tenga la impresión de que el dolor no va a tener fin, siempre lo tiene. El silencio y la soledad pueden ser beneficiosos si se encuentran en equilibrio con la compañía y el habla.
  • Llorar: dejar fluir el llanto tiene un efecto enormemente benéfico: promueve la relajación y la tranquilidad de espíritu, ayuda a drenar el dolor y a despedirse.
  • Agradecer, perdonar y perdonarse: es de gran ayuda, en el caso de cualquier tipo de pérdida, reconocer y agradecer lo bueno vivido con esa persona, actividad, objeto, casa, trabajo, amistad, ciudad, país, o lo que sea que ya no esté en nuestras vidas y extrañemos. También tratar de cerrar o sanar temas inconclusos mediante rituales: escribir (sólo para uno mismo) cartas de reparación, o realizar algún tipo de ceremonia de perdón o aceptación que tenga sentido para cada uno.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1401005-como-decir-adios

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