Porqué nos cuesta tanto aceptar una pérdida


La vida de toda persona está inevitablemente unida a las pérdidas. Separaciones que nos avisan consciente o inconscientemente que las relaciones con los demás no son eternas. Las pequeñas o grandes pérdidas que vivimos, no solamente nos recuerdan lo provisional de los vínculos, si no que, poco a poco, nos van preparando para el gran y definitivo adiós que tendremos que dar a algunos. 
por Marta Rodríguez Martínez


Esta realidad nos puede angustiar o deprimir pero lo que es fijo es que no lo podremos evitar, la muerte es el único hecho al cual estamos seguros que deberemos responder en algún momento. Sin embargo, la mayoría de las personas fracasamos de alguna manera en el proceso de despedirnos. Estamos agarrados a nuestro pasado,  y soltarlo nos produce vértigo, dolor, vacío… A la reacción de resistirse a decir adiós se le llama “agarrarse” y se presenta sobre todo ante la pérdida de personas significativas. 
La respuesta ante la pérdida de una persona querida, constituye un periodo bastante largo de pena y dolor, seguido por un renacer del interés de las personas y la vida en general. Ese “agarrarse” tiene el fin de bloquear las emociones tan desbordantes que se dan ante la pérdida con el fin de mantener  a la persona querida en la fantasía.
Una de las causas por las que nos aferramos es por la gran cantidad de asuntos incompletos que hubo antes de que la persona falleciera. Y al decir asunto incompleto me refiero a aquellas cosas que quedaron pendientes entre las dos personas: un perdón por una disputa, la expresión de un sentimiento, un secreto jamás contado, frustraciones, culpas, amor no expresado… Por este motivo una de las sensaciones más comunes cuando alguien muere son los remordimientos: ojalá le hubiera dicho, ojalá hubiera hecho… todos esos ojalá quedan ahí como culpabilidad o remordimientos.
Otra de las causas surge cuando nos aferramos a algo porque con ello obtenemos una ganancia secundaria que, aun a pesar de nuestro dolor, llega a compensarnos. Cuando el presente no nos gusta, o nos sentimos incapaces de comprometernos con otras personas… puede que aliviemos nuestro sentimiento de soledad pensando en relaciones pasadas.
Otra de las razones por la que cuesta tanto despedirse es la falta de disposición a sentir el dolor cuando se sueltan amarras. Un dolor inevitable y a la vez necesario para la superación del duelo. Sin embargo, esto nos da mucho miedo y, tan pronto como las personas empiezan a sentirse angustiadas toman tranquilizantes, pastillas para dormir, se refugian en las drogas o en el alcohol, todo con el único afán de  anestesiar la emociones que no nos gustan y no sentir.
Finalmente hay muchas personas que evitan despedirse, lo hacen porque sienten que dejar ir es una traición hacía la persona que han perdido y hacia ellos mismos, es como si no quisieran lo suficiente al que se ha ido.

Fuente: http://cenicientasycalabazas.wordpress.com/2013/01/27/aprender-a-despedirse/

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