El país perdido

Su pequeña habitación está repleta de fotografías: familiares, de amigos y parientes. Paisajes de Venezuela, una pequeña colección de instantáneas de Caracas, al anochecer, muy temprano en la mañana. Una imagen del casco histórico de la ciudad, pintoresco y rudimentario. A través de la pantalla borrosa del Skype, la colección de recuerdos tiene un aspecto brumoso, como si todos se confundieran en una única imagen, en esa necesidad casi desesperada de Sofia, por conservar un trozo del país que forma parte de su historia pero ya no pertenece a su futuro.
Por Miss B


 Mi amiga Sofia me dedicó una de sus sonrisas traviesas desde la pantalla del Skype. Levantó la caja envuelta en regalo y la sacudió.
— Entonces ¿Ya la puedo abrir?
— Abrela.
Rasgo el papel de colores con que yo misma había envuelto la caja con aire festivo. Miro el cartón con una expresión casi socarrona. “¿Esto es todo?” bromeó. Aguardé, conteniendo las ganas de reír.
— Te va a gustar.
Abrió la caja. Miró su interior en silencio por un par de minutos. Me impacienté. Quería escuchar su reacción, la había estado imaginando desde que toda aquella pequeña aventura había comenzado. Sacó las dos pequeñas latas de diablito con un gesto lento, casi ceremonioso. Las sostuvo frente a la pantalla, con los ojos muy abiertos y sorprendidos.
— Diablitos.
— Para tu arepa.

La travesía de esas pequeñas latas de diablito había comenzado justo un atrás, cuando Sofia y yo habíamos sostenido nuestra primera conversación desde que viajó a Sidney, Australia, hace siete meses. Me habló de la experiencia desconcertante de vivir en un país por completo distinto al nuestro, de reconstruir todas sus expectativas a futuro, personales y profesionales desde un punto neutro y desconocido. Del impacto del choque cultura, de esa soledad dolorosa de no reconocer ningún elemento de lo que te rodea, de ser incapaz de conectarte emocionalmente al lugar que te rodea. Una experiencia que la había dejado agotada, herida pero consciente de la decisión que había tomado. Una nueva perspectiva sobre sí misma.

— A veces te sientes tan aislada que te resulta insoportable mirar a tu alrededor. No comprendes bien el idioma ni tampoco las costumbres. Es un eterno vaivén entre los sobresaltos, las sorpresas, los errores, los temores — me explicó — recuerdas con tanta claridad la casa, los olores y sabores, que te parece incluso más real que lo que te rodea. La ilusión de la distancia.

Suspira. Su pequeña habitación está repleta de fotografías: familiares, de amigos y parientes. Paisajes de Venezuela, una pequeña colección de instantáneas de Caracas, al anochecer, muy temprano en la mañana. Una imagen del casco histórico de la ciudad, pintoresco y rudimentario. A través de la pantalla borrosa del Skype, la colección de recuerdos tiene un aspecto brumoso, como si todos se confundieran en una única imagen, en esa necesidad casi desesperada de Sofia, por conservar un trozo del país que forma parte de su historia pero ya no pertenece a su futuro. El silencio se hace largo, interminable, herido por la nostalgia.

(...)

Sofia decidió emigrar luego que la empresa donde trabajaba fue expropiada. Ingeniero de profesión, intentó conseguir empleo en varias instituciones del gobierno, pero su militancia política se lo impidió. O esa fue a la conclusión que llegó luego de intentarlo por enésima vez y no recibir una llamada. Llamó a sus contactos de toda la vida, a los amigos de la universidad, conversó con profesores y antiguos compañeros de estudio. La mitad había abandonado el país, la otra mitad también estaba desempleada. El panorama se diluyó en la incertidumbre, en ese país quebradizo que es una amenaza más que una promesa.

Le costó tomar la decisión. Es hija única de padres ancianos: ambos trabajan en la vieja carpintería familiar que aún les permite subsistir con cierta dignidad. No obstante, le llevó mucho esfuerzo remontar la culpabilidad, intentar manejar ese dolor silencioso del que debe tomar una decisión a pesar de todo lo que puede significar. En una ocasión, me comentó que asumir que debía emigrar fue como perder un fragmento de sí misma, como comprender que el país te cierra la puerta en la cara.

Finalmente y luego de meses de esfuerzo, viajó a Sidney. Le despedí junto a sus padres: la última imagen que tengo de ella es su expresión seria, la tristeza tan cercana a la superficie que casi la agobia, la derrumba. El último abrazo fue rápido, seco. No me miró a los ojos. Tomó su maleta y se alejó, con los hombros rígidos y la cabeza inclinada. El paso rápido. Su mamá la miró, con esa calma plomiza de los padres huérfanos.

— Le va a ir bien a mi muchacha — me dijo. Le apreté la mano, sin saber como consolarla. De pronto el aeropuerto me pareció enorme, interminable, una enorme llanura de puro desconsuelo.

Le fue bien a Sofia. Pronto consiguió un empleo en una pequeña tienda de electrodomésticos de la ciudad y después, en una librería. Recibí un par de correos suyos “Sobrevivir cuesta que jode, pero se logra. Al menos sabes que no tienes que sobrevivirle a la ciudad ni al prójimo en la calle” me contó. Pero se negó a las llamadas, a las largas conversaciones virtuales. “Tengo que lograrlo, gorda. Tengo que avanzar o me devuelvo. Estoy exhausta de recordar”. Me contó en frases sencillas y rápidas la vida en la nueva ciudad, sus noches espejadas, su perfil moderno de nueva frontera. Me contó los traspiés del idioma — “¿Cómo se puede insultar sin un pendejo”? — , la lenta adaptación. Finalmente, la conversación vía la tecnología, las risas, esa lenta tristeza que le llevó meses admitir que la abrumaba. (...)

Compro las latas de diablito con una sensación casi de urgencia. Me rodea una larga línea de anaqueles vacíos, arrasados por el país real, por esta crisis sin nombre que avanza con lentitud de pesadilla. En una ocasión, apenas unas semanas a punto de irse, Sofía me dijo que la imagen de los supermercados vacíos por la escasez le provocaba un tipo de pánico dificil de explicar “Es como una guerra, que nadie sabe cuándo se declaró”, me comentó. Lo pienso, mientras sostengo las latas entre las manos. Solo quedaban cuatro y las compré todas. Me pregunto si me pedirán que deje algunas. De la escasez, pasamos a la restricción. De la restricción al control. Por el bien de todos. La frase me produce escalofríos. ¿Cuál es el límite de esta sensación de abandono?
(...)

No conozco a nadie que pueda llevar mi paquete a Sidney. No quiero enviarlo por un servicio de envío — no sé incluso si puedo, en este país lleno de restricciones y limitaciones —, así que me dedicó a preguntar. Alguien me comenta que su primo conoce a un futuro emigrante a Adelaide, que quizás pueda hacerme el favor, porque debe hacer una parada obligada en Sidney. Una llamada tras otra. Resultó que el primo sólo conoce de nombre al futuro pasajero. Uno de tantos emigrantes en la oficina que trabaja. Me dice que le pregunte, que igualmente puede ser lo acepte. Incómoda y nerviosa, telefoneo al desconocido, que me escucha sorprendido.

(...) Me escucha con amabilidad, duda un momento, me explica de sus maletas, del límite de peso, del voluminoso equipaje. Después me dice que debe consultarlo con su esposa. “Tu caja significa algo que debemos dejar” me explica “y ya estamos dejando el país. No sé si pueda dejar otra cosa”.

Le agradezco la intención. La caja espera por la respuesta en la mesa de comedor de mi casa. (...)

— Mi esposa dice que la llevamos. Dejamos un par de cosas y ya — me dice el desconocido amable. Ríe cuando me escucha agradecerle entre risas y gritos  (...)

Tardó más de tres semanas en llegar. Mis desconocidos amables tuvieron todo tipo de problemas y sobresaltos en la larga travesía, pero finalmente Sofía recibió la caja, maltrecha pero aún bien envuelta en sus manos. Me cuenta que la sostuvo y aunque no sabía que era, supo que era valioso. (...)

— Hay veces que el país que recuerdo es más cercano que el real — me dice entonces. Muevo la cabeza, comprendiéndola. Conozco la sensación, de la Venezuela que fue, la que pudo ser, rondando en mi imaginación, en medio de la incertidumbre — es difícil asumir que sólo se trata de lo que quiero recordar de ella.

No respondo. Más tarde, en la oscuridad, en medio de mi insomnio angustiado, me pregunto otra vez cómo será mi despedida. Qué extrañaré de este país que ya no reconozco, de este país que no me quiere, no me acepta, que no me reconoce como parte del gentilicio. O quizás que simplemente no puedo aceptar como mío. No lo sé, me digo, con las lágrimas cerrándome la garganta, esas anónimas, las que se contienen. Quizás sólo se trate de conservar lo esencial, incluso en esa fractura dolorosa, de comenzar de nuevo un trayecto bajo tierra nueva. Cual sea la respuesta, seguramente no será sencilla, pero sí visible, en esa decisión que estoy tan cerca de tomar.

C’est la vie.

http://www.theaglaworld.com/2014/10/cronicas-de-los-pequenos-dolores-el.html

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