Los que deciden irse y los que deciden quedarse

Criticamos al que se va, al que se queda, al que se va y se devuelve, al que se va y se olvida de hablar de nuestra crisis, al que se va y habla de nuestra crisis y al que se queda y no habla de nuestra crisis.
Esta nota fue publicada originalmente con el título "Los nuevos del colegio"
Por Héctor Torres



Foto: Eduardo Sánchez
En días recientes coincidí en Facebook con cuatro amigos que viven en España, Chile, Estados Unidos y Ecuador, respectivamente, e inevitablemente caímos en uno de los temas más vigentes y controversiales de los últimos años en Venezuela: (Los que deciden) irse y (los que deciden) quedarse. Cómo se ven unos a otros. La conversación surgió a partir de un brillante post que escribiera uno de ellos (Daniel Pratt) acerca de ese tema.
En el mismo advierte que una experiencia de esa magnitud “requiere de inventariar y auto-reforzar razones precisas” acerca de por qué quieres migrar y qué es lo que buscas del otro lado “y repetir esas razones como un ensalmo”, debido a que “cuando llegues a dónde vayas, nada saldrá como esperabas”.

La gente se va buscando calidad de vida, claro. Pero, ¿qué entendemos por calidad de vida? Además de algunos aspectos comunes, los elementos que encierran dicho concepto varían según la persona. Entonces, a seguridad personal, estabilidad económica, servicios públicos óptimos, yo en lo particular necesitaría sumar la necesidad de poder dedicarme a lo que me gusta hacer.

Para el que no tiene un proyecto personal específico más allá de un lugar donde vivir en paz o un oficio que forme parte de su modo de ver el mundo, en muchas partes podría encontrar un espacio. Pero no resulta igual para el que, por ejemplo, tiene un negocio de servicios y ha tardado veinte años en establecer una red de contactos que le permitan mantener la agenda ocupada.

Como muchos venezolanos en la actualidad, me he puesto a hacer ese ejercicio. Debo descartar, de entrada, llegar al extranjero a que me paguen por escribir, tal como lo hago aquí, luego de muchos años tras esa meta. Agradeceré conseguir un empleo de algo y un lugar dónde vivir. Los primeros días, semanas, quizá meses, agradeceré también caminar de noche por la calle sin sentir miedo, conseguir estantes abastecidos en los automercados y que el gobierno no viva amenazando e insultando al que piense distinto.

Pero también me he hecho la pregunta, ¿qué mañana despertaré y saldré a un trabajo al que tengo que dedicarle toda mi concentración y mis energías, sin poder dedicar tiempo a escribir ni conseguir oportunidad para publicar (ni gente interesada en publicarme), y me pregunte si esa era precisamente la vida que deseaba para mí? ¿Cuándo me habré dado cuenta de que he renunciando, hasta nuevo aviso, a eso que era, a una vez, modo de vivir, pasión y sustento? ¿Cuál será el balance al final del camino, si gané ciertas cosas que había perdido en mi país, pero sacrifiqué otras que sí tenía en ese país que dejé atrás? Son preguntas que me hago desapasionadamente, tratando de hallarles respuestas.
Ese, el de las razones para quedarse, para irse e, incluso, para volver, el de decidir qué espera de la vida y saber evaluar si lo encontró, es un tema complejo. Lo más sensato es no juzgar ninguna decisión, ni las razones que se esgrimen los demás para haberla tomado. En todo caso, es muy importante que, como dice Pratt, la gente las tenga muy clara y las asuma. Cada quien vive su infierno y tiene derecho a buscar su lugar en la tierra, y esas son decisiones personales e intransferibles.

El venezolano educa a sus hijos con el infantil mito de que este es el país más bello y rico del planeta, por lo que (amén del ambiente de intolerancia que ha arropado toda discusión) el tema migratorio se ha vuelto tan sensible entre nosotros. Criticamos al que se va, al que se queda, al que se va y se devuelve, al que se va y se olvida de hablar de nuestra crisis, al que se va y habla de nuestra crisis y al que se queda y no habla de nuestra crisis.

Como acotó, Laura Ferraro, una de las participantes en la charla: todo esto es tan inédito para nuestra sociedad, que actuamos “como los nuevos del colegio, que no se saben los códigos”. Es decir, para nosotros el tema es tan relativamente nuevo, que lo convertimos en “el tema”. Aún no sabemos manejarlo con desapasionada claridad. Tomamos a pecho toda decisión de nuestros conocidos al respecto (que decidan irse o que decidan quedarse, depende de qué lado nos encontremos).

Ya bajarán las aguas y concebiremos el tema como lo que es: como una encrucijada personalísima. Una encrucijada en la que habrá que sopesar razones, asumir decisiones y actuar en consecuencia. Sin quejarse por la decisión tomada y entendiendo que, se haga lo que se haga, siempre se tendrán que sacrificar cosas. Y, sobre todo, olvidarse de rendirle ni exigirle cuentas a nadie más que a uno mismo.

Fuente: http://prodavinci.com/tipo-blog/blog-de-hector-torres/

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