Mudar la nostalgia

No sabemos hablar de la emigración porque vulnera hondamente nuestro orgullo de país-que-se-suponía-sería-potencia. Nos recuerda que fracasamos. Nos avergüenza. Para mí, emigrar implica además una suerte de crisis de identidad personal. Soy alguien que escribe, y que lo hizo exclusivamente en español hasta hace muy poco; aquí en Montreal debo abrirme paso en francés y en inglés, en ese orden.
Por Rafael Osío Cabrices

Esta nota fue publicada en el Papel Literario de El Nacional, Caracas, agosto de 2014


Me fui. Soy parte de esa categoría, la de los que se fueron.

Tardé en decirlo públicamente. Es decir, en escribir sobre eso. Vine a hacerlo en inglés, en una crónica que ha tenido un eco sorprendente para mí, y que me ha llevado a aclarar, ante interlocutores canadienses o estadounidenses, que yo no soy una víctima sino un tipo muy afortunado, alguien que se fue de Venezuela sin que le hubieran puesto una pistola en la cabeza o lo hubieran metido preso por hacerle oposición al régimen de los herederos de Chávez.

No lo había dicho porque estaba sacándole el cuerpo a la llovizna de insultos que suele desencadenarse sobre quien decide emigrar de Venezuela. Me intriga esa tradición rencorosa del desprecio al que se va. Ese “sientan la patria o váyanse de aquí” que le vi proferir a Jackeline Farías con una mueca de sincera repugnancia, réplica de la política del odio del régimen castrista que éste aprendió a su vez del soviético, aquí ha sintonizado con una maledicencia de sólido abolengo. Como si Venezuela no fuera un país sino una organización criminal o una secta religiosa, el que emigra, el que se sale, adquiere la condición de traidor, de cobarde.

Lo más curioso es que ni la historia ni la cultura venezolanas pueden contarse sin el exilio, tan relevante en la formación o el destino de muchos de los venezolanos más influyentes, de Teresa de la Parra a Carlos Cruz-Diez, de Simón Bolívar a Rómulo Betancourt. El provincianismo de Chávez es excepcional en las biografías de los líderes de la Venezuela “moderna”.

Y no sabemos hablar de la emigración porque vulnera hondamente nuestro orgullo de país-que-se-suponía-sería-potencia. Nos recuerda que fracasamos. Nos avergüenza. Para mí, emigrar implica además una suerte de crisis de identidad personal. Soy alguien que escribe, y que lo hizo exclusivamente en español hasta hace muy poco; aquí en Montreal debo abrirme paso en francés y en inglés, en ese orden.

Aprender algo nuevo cada día aligera los costos emocionales. Entre ellos, el de la culpa del sobreviviente: la asfixiante certeza de que los seres queridos que dejaste atrás están viviendo cada día peor. A lo doloroso que resulta tenerlos lejos –cada vez más, a medida que se profundiza el conflicto con las aerolíneas; Venezuela es como la balsa de piedra de Saramago que se aleja en el horizonte- hay que sumar en la presión de conseguir ingresos no solo para mantenerse y prosperar, sino para ayudar a los tuyos a defenderse de la escasez y de la inflación. De la inseguridad no puede uno defenderlos, lo cual alimenta mis frecuentes pesadillas.

Emigrar de la Venezuela de hoy significa desprenderse de mucho. De quienes quieres, del paisaje en el que creciste, y hasta cierto punto del miedo y del odio que se apropiaron del país.

La nostalgia, eso sí, no te deja nunca en paz. La nostalgia por el país que perdimos.

La misma nostalgia que ya sentía, como una esquirla en el espíritu, años antes de tomar el avión que hace cinco meses nos sacó de ahí.    

Comentarios

  1. Entiendo lo que estás viviendo y me produce un profundo dolor. Esto no tenía que haber pasado.

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  2. Gracias por tus comentatarios, son claros y contundentes para mí y mi familia por encontrarnos en el duro dilema de irnos o quedarnos. Me preocupa que nos ocurra como a muchos cubanos que por estar posponiendo y dándole oportunidad a un cambio para mejor a Venezuela terminemos arrepentidos de no haber salido a tiempo. Pero cómo irte sin trabajo, es una de las primeras angustias que nos toca enfrentar. Un gran abrazo fraterno, éxito!

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