¿Somos capaces de ser solidarios con otros emigrantes?

Mi prima, que reside en Madrid desde hace pocos meses, me comentaba su temor a trabajar con personas que, como nosotras, son de origen latinoamericano. Su afirmación me sorprendió. Sin embargo, a los pocos minutos comprendí qué le había ocurrido con sus primeros compañeros de trabajo. Lejos de sentirse protegida, o comprendida por quienes habían migrado antes, sentía sus miradas de recelo, incluso cierta disposición solapada en sus palabras de “hacerla sufrir lo que ellos habían sufrido”.
Por Rosario Vásquez










Mi prima tiene papeles en regla, cuenta con familia en España, no tiene deudas, ni hijos que mantener. En pocos meses ha encontrado un trabajo en su profesión en medio de la crisis, pues su especialidad profesional es de difícil cobertura. Además, se mimetiza perfectamente en la sociedad pues su aspecto no delata su origen a primera vista.
Sin embargo, ha emigrado y comparte muchos temores, ansiedades, anhelos y nostalgias con cualquier otro en su condición. Aquel día de repente soltó “estoy a punto de decir que soy canaria” y me contó cómo estos compañero de trabajo no sólo no habían sido abiertos con ella, sino que al contrario se habían mostrado cautos al hablar y luego, con un poco más de confianza, le habían hecho saber todos los sufrimientos que debería tolerar sola y sin ayuda de nadie. Cero solidaridad.
¿De dónde viene ese comportamiento poco solidario entre quienes podrían ser más bien apoyos naturales?
Quizás la clave está en que muchos aún no han superado las miles de heridas personales que trae consigo el proceso migratorio. En medio de una faena contínua de trabajo y supervivencia “resuelven” a medias la nostalgia por los seres queridos, la frustración de metas no alcanzadas y el dolor del rechazo velado que en tantos lugares existe y siguen adelante, sin detenerse un momento a observar y meditar sobre su propio proceso.
De repente una persona que siempre había sido dulce y atenta empieza a actuar de forma hostil o agresiva.  Empieza a comportarse de tal manera que sus familias en origen piensan que han cambiado y las personas que están conociendo se encuentran con mucha dureza.
Cuando esos sentimientos emergen si saberlo ni controlarlo, cuando nos encontramos haciendo o diciendo cosas que  nos impiden crear relaciones sólidas y duraderas, quizás sea el momento de hacernos preguntas.

  • ¿Hemos cambiado tanto que no podemos hacer amistades, pareja, o sentimos que nos alejamos de los nuestros?
  • ¿Nos hemos dedicado sólo a hacer contactos funcionales sin dejar espacio a la amistad simple y solidaria?
  • ¿Nos hemos sentido utilizados por otros y hemos ido creando una barrera de desconfianza que nos impide ser las personas que somos realmente?
  • ¿Qué queremos realmente: superar esa etapa dura en la que no contamos con nadie para lograr nuestras metas? o ¿estamos continuamente volviendo sobre ese tema, y en lugar de apoyar a otros se lo hacemos tanto o más duro que como nosotros lo vivimos?

Preguntas para reflexionar y empezar a dar un giro. Un giro que nos permita ir viviendo este proceso sin herir a nadie en el camino, sin dejar de lado a nuestros seres queridos y del cual puedan surgir relaciones auténticas y duraderas.
Esta historia de mi prima, ha tenido  final feliz. Ha encontrado ese “angelito de la guarda” que cada inmigrante tiene en su historia, una mujer, que ha resuelto sanamente su proceso, y que optó por ser solidaria, y apoyar a otros para evitarles muchas de las lágrimas que le costó la migración.

Fuente: http://psicomigracion.wordpress.com/2010/01/28/migrar-es-duro-%C2%BFsomos-capaces-de-ser-solidarios-con-otros-que-viven-este-mismo-proceso/

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