Añorar el regreso a una realidad que ya no existe

Me vine con tres maletas a Chile. En ellas, me traje unos veinte libros, aquellos que sentía que no podía dejar agarrando polvo en el vacío de mi apartamento en Caracas. Veinte libros de los cuales seguro la mitad no releeré en los próximos años. Pero veinte libros que sé estarán ahí en mis ataques de ansiedad nocturna cuando no pueda dormir hasta no releer una frase que casi olvido de alguno de ellos. Todos tenemos nuestras prioridades al emigrar.

 
Por: Alejandro Martínez, Revista Intemperie, Chile
 




Mi mamá no quiso dejar sus álbumes de fotografías. A pesar de que existen los escáneres, la capacidad de digitalizar recuerdos, para ella hay algo en esos tomos físicos que no le permite abandonarlos.

Mi hermana tiene veinte años pero eso no le impidió que su prioridad radicase en acarrear sus juguetes de infancia. Unos peluches, unos muñecos de plástico (algunos inclusos rotos). Podría haber comprado otros en eBay, del mismo modelo. Pero no, nada suplanta aquellas figuras con las que tanto jugó y sigue jugando.

Mucho se habla de que la globalización nos está uniformando y transformando en seres con intereses y prioridades semejantes. Quizá en algunas cosas, sea muy cierto. Rememoro la sorpresa que se llevó una amiga norteamericana la primera vez que pisó Chile. “Siento que no he salido de los Estados Unidos”. Sin embargo, a la hora de dejar atrás de manera decisiva un país, de irse por mucho tiempo del lugar en el que naciste y te formaste (con la certeza de que regresar no es una opción), surgen las verdaderas prioridades de cada uno de nosotros.

Eso lo he visto en un grupo en Facebook de emigrantes venezolanos. Yo nunca intervengo en las discusiones que se generan en ese territorio virtual, pero en el tedio nocturno suelo mirar algunas de las historias. Casi todas ellas coinciden en las causas de por qué huyen del país: la inseguridad, la imposibilidad de superarse, la pobreza, el miedo. Sin embargo, los objetos que se llevan a su nuevo destino no podrían ser más heterogéneos y ocurrentes.

Un hombre de 45 años, abogado, preguntaba si resistirían en su maleta unos siete kilos de queso de mano (un queso particular de Venezuela). “No puedo estar sin desayunar arepa con queso de mano todas las mañanas”, afirmaba. Todos le preguntaban cómo haría para racionarlo, pues era evidente que se le acabaría. No dio respuesta.

Una joven médico temía que le dañasen un cuadro de tres metros que guardaría como equipaje extra en el avión. Ella contaba que se lo compró a un artista sin nombre en un viaje que hizo por los llanos venezolanos. Una foto del cuadro acompañaba su mensaje. Era un paisaje de un hombre a caballo. Una pintura bastante estereotipada. Era difícil comprender por qué gastaría dinero para llevárselo.
Otra persona insistía en preguntar si tenía que pagar algún impuesto para llevarse su televisor 3D de 72 pulgadas. Aunque algunos le comentaban que mejor lo vendiera, que en Estados Unidos —su lugar de destino— podía comprarse uno mucho mejor, el hombre no quería desprenderse de su compañía electrónica.

Por otra parte, una mujer quería llevarse semillas de ají dulce, algo totalmente prohibido de ingresar al país hacia donde ella se dirigía. Sin saber de agricultura (como yo tampoco sé), de si realmente las semillas brotarían algo a pesar de las condiciones climáticas diferentes, ella deseaba mantener presente en su día a día ese recuerdo proustiano que la vinculase con su pasado. Un pasado, pues, unido a una tierra que, posiblemente, tampoco vuelva a visitar en una década.

Ahora que lo pienso, el gran problema de las prioridades es que, tristemente, sí tienen un punto en común: responden a la crisis de la memoria, al miedo al olvido, al infortunio de concebir que es posible permanecer feliz borrando una parte de nuestra existencia. Las prioridades residen allí para recordarnos que, por más que cambiemos, hay un rincón de nosotros que añora el regreso a una realidad que ya no existe y que solo se aloja en la contemplación de ese objeto salvaguardado.

Fuente:http://www.revistaintemperie.cl/2016/01/22/prioridades-al-emigrar/

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