Desde otro planeta. IV, final

Una crónica tangencial de mis primeros 6 meses como emigrante
Rafel Osío Cabrices, agosto-noviembre de 2014.


Venezuela

¿Cómo hablar de esto? ¿Cómo escribir de esto?

No olvido. Me esfuerzo por no olvidar. Recuerdo.

Recuerdo cuando Harrys Salswach me advirtió que también podía pasar que ellos ganaran. Cuando Ricardo Sucre me dijo que esa Venezuela amable en la que nos criamos no volverá. Cuando Harry Czechowicz me explicó que reemplazaron la República de Venezuela por otro país, la República Bolivariana de Venezuela, con nosotros dentro.

Mientras recuerdo, me hago preguntas. Entre ellas, ¿agradeceremos alguna vez al chavismo el habernos dado el pretexto para decidirnos a emigrar? ¿Lo hubiéramos hecho sin Chávez?
“Canadiense de origen venezolano”. Es el epíteto políticamente correcto que adquiriré para mí, junto con mi esposa y mi hija, si nos establecemos aquí. Entre tanto, ¿hasta qué punto podremos romper con Venezuela? ¿Hasta qué punto querremos hacerlo? No romperemos con personas, sabores, recuerdos, trozos de la cultura que nos crió. Puede que sí lo hagamos con lo colectivo, que es más abstracto. Lo cual pone en cuestión también la naturaleza del vínculo con un país, de la pertenencia. O la sensación, la ilusión de pertenencia. ¿Uno realmente pertenece a un país, o solo a los nexos inmediatos, individuales, que uno adquiere en él?

Por otro lado, ¿cuán nacional puede ser el vínculo con un país en el que justamente cuesta tanto sentirse parte de un colectivo y respetar la existencia y los derechos de los otros?

Cada vez que me preguntan de dónde soy, uso el pronombre posesivo, “de Venezuela”. Y pienso cuán unilateral ha terminado siendo ese vínculo. Uno es de un país; el país no es de uno. Definitivamente, Venezuela no es nuestra. Nunca lo fue, quizás. Nosotros somos de ella. O éramos.

Hace unos años nos fueron cercando otras preguntas. Una de ellas: ¿somos parte de esto? El que se hiciera reincidente la respuesta negativa a esa pregunta nos hizo emigrar. No somos parte de lo que terminó siendo Venezuela. De esa enfermedad mental de proporciones epidémicas. De ese criminal desperdicio de recursos, talentos y vidas enteras. De esa catástrofe consensuada.

Queda por resolver el enigma de si en realidad fuimos parte de la Venezuela anterior. Si es que esa “Venezuela anterior” era en verdad otra Venezuela, y no simplemente una imagen light del pasado. Lo que el chavismo despertó ya estaba en ella; la Historia lo dice. Y es fácil idealizar al país en el que tuviste una buena infancia. Es fácil, es reconfortante, decidir creer que ese país que querías era otro, y no el mismo que el que lo reemplazó, el país de Iris Valera demandando a un aerolínea “porque para eso somos gobierno”, de Mario Silva insultándome en prime time, de las guarimbas al lado de una escuela de niños especiales, de la fama de Diosa Canales, de los colectivos y los invasores, de las Hummer, las motos chinas, las tumbas profanadas, los narcos uniformados y los militares que eructan en vivo y luego son electos gobernadores de tu estado.

No obstante la naturaleza de esas dudas, cómo duele, esto.

Yo pensaba antes de irme que emigrar era como divorciarse. “Te amo, de algún modo siempre te amaré, pero no puedo seguir viviendo contigo y sé que lo que queríamos hacer juntos no ocurrirá jamás”. Pero es peor. He contado ya que una frase que no olvido nunca es la que le dijo a otra amiga caraqueña su esposo norirlandés, él también un inmigrante; él llegó a Estados Unidos 30 años atrás, ella el año pasado. Él le dijo: “You are not only missing your country; you are also grieving for it”. “No solo añoras tu país, estás viviendo un duelo por él”.

Y es así. Los países no se mueren. Pero pueden cambiar hasta el punto en que percibas que el nuevo mató al viejo. Que el viejo país que añoras no volverá a existir.

La historia por contar

Durante estos primeros meses en Canadá he tenido que confrontarme con el problema conceptual de ponderar mi stress, o mejor dicho mi sufrimiento como emigrado reciente.
Es algo difícil de explicar a otros inmigrantes latinoamericanos, que en unos cuantos casos están aquí como ilegales o como verdaderos refugiados, huyendo del narco o de la miseria total. O a los propios venezolanos que siguen en Venezuela, abrumados por problemas muchísimo más acuciantes. O a los canadienses, cuando manifiestan algún interés por el tema, que no tienen nada claro cómo un país que se suponía condenado a la prosperidad esté ahora siendo vaciado de su clase profesional, sector social donde la emigración parece más bien una evacuación.

Veo en la prensa lo que pasa en Gaza o Siria, o me entero por mi amigo Francisco Toro de esos campamentos de refugiados africanos donde las agencias internacionales de ayuda tuvieron que reducir las raciones a 850 calorías por persona y por día. Leo historias de emigrantes subsaharianos en los libros de Joe Sacco, lo que tienen que pasar para salir de su país, para atravesar el desierto, para superar el mar, para quedarse en Europa. Junto a eso, lo que ocurre en Venezuela puede parecer a los demás una tontería. Con frecuencia siento que a los venezolanos nos miran como estúpidos que desperdiciamos todo lo que teníamos. Tal vez es cierto.

Soy un privilegiado al lado de esos desesperados que emigraron sin nada salvo heridas y pesadillas.
Y sin embargo, hay en nosotros los emigrados un dolor real, digno de reconocerse. Hay vergüenza. Frustración. Rencor.

Pero deberíamos ir más allá de eso. El hecho de habernos evadido de la cárcel conceptual que es la arena pública en Venezuela no nos libra de la necesidad de seguir tratando de comprender ese país. A los que estamos afuera nos toca también entender mejor, desde aquí, lo que pasó. Entenderlo bien, se entiende. No repetir las mismas simplezas que decíamos allá ni apropiarnos de las que escuchamos decir a los cubanos sobre Cuba o a los colombianos sobre Colombia. Entender Venezuela y explicárnosla a nosotros mismos antes que a los demás.

Creo que, en particular, los que escribimos tenemos que ayudar (tanto dentro de Venezuela como fuera de ella) a contar una historia: la de cómo se redujo un país de casi 30 millones de personas a este estado de precariedad, sin un terremoto catastrófico, sin una epidemia, sin una guerra civil y con una bonanza petrolera. Tomás Straka contó recientemente en El Nacional cómo sus colegas historiadores en un congreso lo acosaban para preguntarle por qué a Venezuela le ocurrió esto. Y propuso un brillante resumen. Por ahí hay que seguir.

Porque ya no es “el caso Venezuela: la ilusión de armonía”, como de modo inolvidable titularon Moisés Naím y Ramón Piñango el libro colectivo que editaron en los 80, uno de los más sólidos conjuntos de presagios informados sobre lo que se nos venía encima. El nuevo caso Venezuela es tal vez el comienzo de una nueva mitología para el hemisferio, una nueva fábula de lo que no se debe hacer en un continente fecundo en ellas: la de ese país que prometía muchas cosas pero se fue a la mierda.

Pasaremos a un nuevo tomo en nuestra bipolar autobiografía, que ha oscilado por cinco siglos entre el entusiasmo utopista y el más aplastante desconsuelo. Del paraíso terrenal de los cronistas de Indias al cuero seco de Guzmán Blanco, y de ahí a breve y frívola democracia petrolera para terminar como un cautionary tale.

Canadá
Quiero seguir pensando, leyendo y escribiendo sobre Venezuela, el país en el que nací y crecí, el país en el que pensaba cuando me formé. Pero también quiero pensar, leer y escribir sobre el país que luego escogí y me escogió, Canadá.

Quiero entenderlo, porque me desconcierta este país que a primera vista se parece tanto a Estados Unidos pero que desde una segunda mirada comienza a revelar cuán distinto es de su vecino, con el que comparte lagos, cordilleras, praderas, economías, indicativo telefónico, rutas y cultura de masas, pero poco más. Las vastas provincias canadienses son más autónomas y distintas entre sí que los 50 estados de la Unión, y tienen cada una su primer ministro y su gabinete. En varios sentidos, Canadá es más democrático (y muchísimo más pacífico) que Estados Unidos, pero no es una república, sino una monarquía parlamentaria, y la jefatura del Estado recae todavía, nominalmente, en la reina Elizabeth II.

Con el francés como segunda idioma y carácter oficial, Canadá recuerda también a Europa en la amplitud de su Estado del bienestar, con sus altos impuestos y su salud gratuita. Pero supera al Viejo Continente con la relativa generosidad ante el inmigrante; su sistema migratorio es cada vez más exigente, pero la actitud de las mayorías ante la migración -incluso la musulmana, que genera tantas choques culturales y está relacionada con conflictos armados en los que participan las fuerzas canadienses- está por fortuna muy lejos de la xenofobia de ultraderecha que avanza en Europa.

Tampoco está Canadá atestada, como lo está Europa, de gente y de historia. Aquí hay mucho por hacer y mucho espacio. El espacio por poblar es una constante histórica y hasta cierto punto un aliciente para aceptar aún hoy decenas de miles de inmigrantes cada año. Ese espacio rebosa de recursos cuya explotación es fuente de numerosas disputas entre políticos, empresarios, comunidades indígenas y organizaciones ambientalistas. Y lo que queda por hacer es el origen de muchas interrogantes sobre el futuro de un país que aún discute sobre su identidad. Los canadienses son por lo general gente que aprecia más la estabilidad y la sensatez que la ambición y la desmesura; que defiende la libertad pero también la igualdad, y trata a sus minorías mejor que muchos de sus pares en el mundo industrializado; y que mira con creciente atención a la Cuenca del Pacífico, sobre la cual tiene una buena cornisa, y su dinero fresco. Tiene agua, tierra y minería como para no preocuparse por el siglo XXI; pero también institucionalidad con la que manejar bien esa riqueza, a diferencia de Venezuela.

A seis meses de haber llegado, y sin habernos integrado todavía del todo, estamos seguros de que Canadá es un muy buen lugar para vivir, sobre todo cuando vemos a nuestra hija caminar segura por un parque o cuando la proveemos de todo lo que necesita sin enfrentarnos a las consecuencias de la escasez.

El invierno toca la puerta. Nuestra gente en Venezuela la pasa cada vez peor y no sabemos cómo ayudar. Nos queda mucho, mucho por aprender y por lograr aquí.
Pero tenemos muy buenos amigos. Y aquí hay gobierno. Hay estado de derecho. Hay una libertad que desconocíamos. Aquí no estamos en peligro. Aquí se nos permite vivir.

Lo menos que podemos hacer por un país así que nos haya aceptado es corresponderle con nuestro progreso. Entender a Canadá… y adentrarse en él. Avanzar en el ancho y ventoso paisaje de este otro planeta.



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