Desde otro planeta. II

Una crónica tangencial de mis primeros 6 meses como emigrante
Rafel Osío Cabrices, agosto-noviembre de 2014




El equipaje demasiado ligero, el equipaje demasiado pesado.

“Al venirse aquí, uno sabe que tiene que retroceder antes de poder avanzar”, dice Gustavo Monsalvo, mi amigo barranquillero del curso de francés. “Los primeros años son duros, sobre todo los primeros meses”, me dicen los amigos venezolanos en Montreal, Toronto y Vancouver. 

Supongo que la mayoría de los inmigrantes, sobre todo los refugiados políticos, arriban a Canadá “con una mano adelante y otra atrás”, como dice el viejo cliché de los relatos de la emigración a Venezuela. Nosotros llegamos con poco más de lo que el país nos exigía tener en una cuenta para permitirnos la entrada como trabajadores calificados, y cuatro maletas; un conjunto de circunstancias nos obligó a dejar en Caracas casi todo lo que tenemos y a comprar aquí lo indispensable, lo que con una bebé significa una lista de cierta extensión.

Lo que tenemos aquí es más que lo que posee la mayoría de la gente en Venezuela. Pero no tenemos cama, TV, licuadora, horno microondas ni algo con lo que escuchar música más allá de la laptop de mi mujer o los celulares. Así que oímos música, actividad indispensable para nosotros, sin bajos. Y el piso de madera del viejo apartamento montrealés con el que iniciamos la vida aquí vibraba con los bajos de la radio del vecino. Nuestros agudos y sus bajos, dos mitades que no pueden complementarse, producían una música imposible que no hacía sino recordarme cuán incompleta es aún nuestra vida aquí, cuán desconectados estamos tanto del país del que salimos como del que nos recibió.

No solo nos falta el paisaje en el que nos criamos, desaparecido hace tiempo, y el queso guayanés y la lechosa roja y las guacamayas y el Ávila, y por supuesto nuestra gente; también nos faltan las cosas que acumulamos durante años. En particular, el no tener a nuestro alrededor la biblioteca que dice quiénes hemos sido y quiénes somos, qué hemos leído y qué nos falta por leer, nos hace sentirnos mutilados de nuestra memoria, y por tanto de nuestra historia como seres humanos, de nuestra identidad.

Una ilusión, probablemente, parte de las muchas intoxicaciones que sufre el espíritu en este proceso. Porque tal vez estamos viendo como demasiado ligero el equipaje tangible, cuantificable, por culpa del otro equipaje, el intangible, el de los prejuicios y las interpretaciones, que por su parte puede que sea demasiado pesado. En la cabeza cargamos toneladas de maletas repletas de expectativas frustradas, quimeras que no cesan de rugir, resistencias del ego, categorías heredadas… todo lo que contamina nuestra percepción de lo que estamos viviendo. El tiempo, espero, irá despejando ese bagaje; de nosotros depende que nos procuremos maletas nuevas.

Al fin y al cabo somos hijos de una clase media venezolana muy orgullosa de sí que cuando viajó lo hizo sin ver, sin hacerse preguntas, sin imaginarse probablemente que algún día tendría que hacerlo para no volver. Entre las muchas cosas que nuestros padres no nos enseñaron está el cómo emigrar. No se les puede culpar por eso. El país en el que nos procrearon no les hacía pensar a ellos que en el futuro podrían querer dejarlo.

La encrucijada de los tres idiomas


Física, geográficamente, Montreal es una isla. El río San Lorenzo se abre en su camino al Océano Atlántico y abraza una porción de tierra con forma de boomerang y medio millar de kilómetros cuadrados, la mitad de la superficie de Margarita. Aquí las gaviotas se pelean las migajas de bagel con las ardillas y las palomas, y la gente que vive en los americanizados suburbios del sur debe cruzar cada día el ventarrón fluvial sobre viejos puentes que ya casi no aguantan tantos automóviles.
Pero Montreal (Montréal en francés, con la t hundida delante del rasgado de la r) es también una isla cultural. Solo hay una ciudad francófona en el mundo más grande que ésta: París. Montreal es la segunda ciudad de Canadá y la metrópoli de Quebec: una provincia con 1,5 veces el tamaño de Venezuela y casi ocho millones de habitantes, la mayoría hablantes exclusivos de francés.

Canadá nació en Quebec. Los franceses establecieron aquí la primera sociedad colonial y organizaron el negocio de las pieles que dio vida a este país. Pero luego llegaron los ingleses y ganaron la guerra, en la segunda mitad del siglo XVIII. Desde entonces, los descendientes de esos parisinos y borgoñones que se enfrentaron al invierno y a la hostilidad nativa se las han arreglado para mantener viva su lengua rodeados, durante tres siglos, de un océano de inglés, el del resto de Canadá y el de Estados Unidos. La “revolución tranquila” de los 60 y 70 apartó a los anglófonos de los negocios y a la iglesia católica del control social. Quebec emprendió en pocos años y sin apenas derramamiento de sangre las reformas que en América Latina costaron muchas décadas y guerras civiles. Pero la modernización resucitó al secesionismo y creó una política de centroizquierda que tiene a la defensa del francés como un rasgo central.

Aquí, los restaurantes no pueden decir que tienen pasta en el menú, sino pâtes. El francés es lengua oficial y predominante (no única), por ley. Lo cual significa que los inmigrantes que acepta Quebec deben saber francés para pasar la entrevista de selección y para insertarse en el mercado laboral. Sus hijos solo pueden obtener educación en francés en las escuelas públicas. Si ese inmigrante es un escritor venezolano cuya segunda lengua es el inglés, debe luchar con el peculiar francés de aquí, no con el que aprendió en la Alianza Francesa de Caracas. Debe tratar de entender el joual, el francés de la calle. Y debe por ejemplo enfrentar situaciones como salir de la clase de francés para hablar con una radio en inglés sobre Venezuela. O leerle a su hija cuentos en los tres idiomas.

Las tres lenguas aparecen en los sueños y en las angustias. En los emails y en la conversación diaria. Las tres se pelean por su atención y adelgazan su sensación de identidad individual. Y le hacen ver que está en una encrucijada, con caminos que llevan a horizontes diferentes.  

Cada vez más lejos

No me he desconectado de Venezuela. Ni creo que pueda. Todas las mañanas leo los titulares de las noticias de allá. Con mucha frecuencia, lamento no estar en Caracas para la presentación de un libro en el que colaboré o para una función de teatro, la inauguración de una exposición o una tertulia en una de mis añoradas librerías. No creo que deje alguna vez de extrañar el circuito cultural al que asistía, al que incluso pertenecía. E intento mantener el contacto frecuente con mis afectos, preguntándome cómo están haciendo para vivir con cierta comodidad. Porque estoy permanentemente angustiado por ellos.

Un emigrante venezolano del presente está obligado a manejar las tensiones de su propia condición de recién llegado en un país extraño –apurarse por aprender el idioma (en Montreal, los idiomas), conseguir trabajo, entenderse con el clima, etc- y con el pavor de saber que sus seres queridos transitan una situación de catástrofe cotidiana. Uno no puede dejar de pensar en cómo están cada día más en peligro. En cómo pueden conseguir acetaminofén si se enferman o en cómo pueden hacer mercado.
A eso hay que sumar la vertiginosa sensación de ver cómo ellos, los que se quedaron, y nosotros, los que nos fuimos, estamos cada vez más lejos.

Es como pensar en el infinito o como asomarte al borde del trampolín de una piscina olímpica. Algo de lo que quieres apartar tus ojos. Te vas enterando de cómo el aislamiento aéreo se acentúa cada mes, de cómo algún conocido organiza un viaje que implica volar a Colombia para entrar a Venezuela por Cúcuta, como Cipriano Castro en 1899, y sientes que Venezuela ya no está al norte de América del Sur, sino en la Antártida.

Pero el alejamiento no es solo geográfico. Se van ensanchando también las brechas en la conversación. Los emigrados empezamos a censurarnos cuando hablamos con nuestras familias o amigos. Tratamos de mencionar más los defectos del sitio al que llegamos –los adictos en los parques, la edad de los edificios- que sus virtudes. Porque, ¿cómo publico en Instagram la colorida imagen de las montañas de verduras en los mercados públicos de Montreal, sin amargarle el día a quien la vea en Venezuela? O ¿cómo le cuento a los amigos con bebés, que deben presentar una partida de nacimiento para comprar pañales, que el gobierno canadiense acaba de ofrecernos 500 dólares para iniciar la cuenta de ahorro de nuestra hija de un año, que ni siquiera es ciudadana de Canadá, para su futura educación universitaria? Hace poco comenté en Twitter que había conseguido el Ron Santa Teresa 1796 en las licorerías de la provincia a 55 dólares, y me arrepentí de haberlo hecho al ver multiplicarse las reacciones de desconocidos que me ofrecían enviarme dos botellas de mi ron favorito a cambio de champú o desodorante.

El aislamiento de Venezuela crece en el espacio, pero también en el tiempo. El chavismo y sus cómplices han ido logrando su propósito de devolverla al sangriento erial del XIX. Incluso en la algo provinciana Canadá y en la muy retro Quebec uno nota cómo Venezuela se quedó atrapada en una Internet pavorosamente lenta y una conversación pública endogámica y varios años rezagada. Sus emigrados tratamos de dejar ese doloroso horizonte a nuestras espaldas y de mirar adelante, pero con lágrimas en los ojos. Observando cómo nuestros hijos tratan de tocar a sus abuelos a través de una pantalla.  

Continuará

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