Desde otro planeta. I

Una crónica tangencial de mis primeros 6 meses como emigrante
Por Rafel Osío Cabrices, 
agosto-noviembre de 2014


Me fui.

Soy parte de esa categoría, la de los que se fueron.

Tardé en decirlo públicamente. Es decir, en escribir sobre eso. Vine a hacerlo en inglés, en una crónica que ha tenido un eco sorprendente para mí, puesto que la revista electrónica Zócalo Public Square, de Los Angeles, que la compró, sirvió a su vez de puente para otros medios; The Washington Post, The Huffington Post y The Business Insider están entre las que también la publicaron, y varios amigos me comentaron que les llegó además por distintos canales, como el correo electrónico o Facebook. Esa nota ha hecho pensar a algunos lectores que la mía es una historia más dramática de lo que a mí me parece, y me ha llevado a aclarar, ante interlocutores canadienses o estadounidenses, que yo no soy una víctima sino un tipo muy afortunado, alguien que se fue de Venezuela sin que le hubieran puesto una pistola en la cabeza o lo hubieran metido preso por hacerle oposición al régimen de los herederos de Chávez.

No había dicho que me había ido porque estaba sacándole el cuerpo a la llovizna de insultos que suele desencadenarse sobre quien decide emigrar de Venezuela. Me intriga esa tradición rencorosa del desprecio al que se va. Una tradición que el chavismo, como ha hecho con muchos otros defectos nacionales, incorporó a su batería de armas verbales de destrucción masiva. Ese “si no les gusta se pueden ir”, que tanto ha repetido Diosdado Cabello para reforzar el tropo del opositor como “no venezolano”, o ese “sientan la patria o váyanse de aquí” que le vi proferir a Jackeline Farías con una mueca de sincera repugnancia, son en cierto modo insultos importados, puesto que se trata de otra réplica de la política del odio del régimen castrista que éste aprendió a su vez del soviético: el “campo socialista” elaboró un léxico de la represalia para quien “desertaba”, para quien dejaba de existir como “revolucionario” o “patriota” y se convertía en “gusano”.

Pero lo cierto es que han sintonizado en la sensibilidad venezolana con una maledicencia de sólido abolengo. Pasa también en el resto de América Latina, sospecho; a Julio Cortázar no lo consideraban un escritor argentino porque vivía en París. Pero lo que me compete, porque me afecta, es la intensidad que tiene hoy en Venezuela, parte de la intensidad que allí ha ganado todo tipo de resentimiento. Como si Venezuela no fuera un país sino una organización criminal o una secta religiosa, para algunos de los que se quedan el que emigra, el que se sale, adquiere automáticamente la condición de traidor, de cobarde.

No me he puesto a ver, pero seguramente uno puede rastrear ese tema en la vasta estela de insultos que ha dejado lo que tenemos por política desde 1830. Lo más curioso es que ni la historia ni la cultura venezolanas pueden contarse sin el exilio, tan relevante en la formación o el destino de muchos de los venezolanos más influyentes, de Teresa de la Parra a Carlos Cruz-Diez, de Simón Bolívar a Rómulo Betancourt. El provincianismo de Chávez es excepcional en las biografías de los líderes de la Venezuela “moderna”.

Y no sabemos hablar de la emigración porque vulnera hondamente nuestro orgullo de país-que-se-suponía-sería-potencia, de país-que-recibía-inmigrantes. Nos recuerda que fracasamos. Nos avergüenza.

Para mí, emigrar implica además enfrentar una suerte de crisis de identidad personal. Soy alguien que escribe, y que lo hizo exclusivamente en español hasta hace muy poco; aquí en Montreal debo abrirme paso en francés y en inglés, en ese orden. Eso me obliga a poner atención y a responder las innumerables preguntas que tengo sobre este lugar, en la creencia de que a medida que vaya respondiéndomelas estaré más cerca de hallar la puerta que conduzca a la habitación que este país debe tener para mí, a mi lugar en Canadá. Tal como tenía, creo, un lugar en Venezuela.

Ese esfuerzo de aprender algo nuevo cada día, esa dirección para la curiosidad, aligera los costos emocionales. Entre ellos, el de la culpa del sobreviviente: la asfixiante certeza de que los seres queridos que dejaste atrás están viviendo cada día peor. A lo doloroso que resulta tenerlos lejos –cada vez más, a medida que se profundiza el conflicto con las aerolíneas; Venezuela es como la balsa de piedra de Saramago que se aleja en el horizonte- hay que sumar en la presión de conseguir ingresos no solo para mantenerse y prosperar, sino para ayudar a los tuyos a defenderse de la escasez y de la inflación. De la inseguridad no puede uno defenderlos, lo cual alimenta mis frecuentes pesadillas.
Emigrar de la Venezuela de hoy significa desprenderse de mucho. De quienes quieres, del paisaje en el que creciste, y hasta cierto punto del miedo y del odio que se apropiaron del país.

La nostalgia, eso sí, no te deja nunca en paz. La nostalgia por el país que perdimos.

La misma nostalgia que ya sentía, como una esquirla en el espíritu, años antes de tomar el avión que en marzo de 2014 nos sacó de ahí.  

Landing

Ese es el verbo que se usa incluso oficialmente en Canadá para definir el momento en que un inmigrante entra al país por primera vez en calidad de tal, solo o con su familia. Nuestro landing fue increíblemente fluido, sobre todo para quien viene de Venezuela, el país del no-se-puede. La guardia de frontera que nos selló los pasaportes nos habló en un amable español; y luego, en una sala dentro del aeropuerto en la que otras familias hacían el mismo trámite, otra joven y gentil guardia de fronteras y aduana -armada y uniformada, pero con cola de caballo y lentes de pasta- nos dijo, tras una media hora de trámites, “congratulations, ahora ustedes tienen los mismos derechos que un ciudadano canadiense, salvo el votar y el usar un pasaporte”.

Nos abrazamos: de parias en el país en que nacimos, a personas en el que apenas nos recibía.

Era una tarde gris en el comienzo de una primavera retardada por el peor invierno en dos décadas. El follaje no había regresado todavía y las vías estaban muy maltratadas por la nieve y la sal para derretirla (además de por años de corrupción en las obras de infraestructura). La vieja y algo problemática Montreal no lucía bien ante nuestros ojos ya no de turistas, sino de residentes permanentes. Sentíamos alivio, no júbilo. Y preocupación: la que producen los sueños cuando se convierten en demandantes realidades.

Pero el paisaje mejoró en las semanas siguientes, cuando explotó el verde en los arces innumerables y encontramos apartamento, en un edificio de los 50, relativamente reciente en una ciudad cuyo patrimonio construido se acerca en su mayoría al siglo. Es de madera, claro. Su piso oscilante y crujiente me hace pensar en barcos y me refuerza la sensación de que estamos todavía a la deriva. Y eso pese a que ya hicimos el landing: el aterrizaje.

Ante ese término, es imposible para mí no invocar imágenes de la ciencia ficción. No solo por mi sesgo generacional o mis gustos personales. En la ciencia-ficción no se       imaginan solo los riesgos del progreso técnico, sino también las consecuencias de sobrepasar las fronteras del mundo conocido, de explorar paisajes con otras leyes naturales y peligros que no se pueden calcular. Allí el héroe es un trasgresor, voluntaria o involuntariamente, y siempre es objeto de un castigo por haber violado los límites del conocimiento, como Prometeo o Fausto, o los linderos de su patria, como Ulises, su heredero Nemo o la tripulación del Enterprise. 

Sí, sin duda, siento que nosotros no nos vinimos a vivir a otro país, sino a otro planeta.

Aquí todo es diferente. Lo es la sal, que sala menos. Lo es el agua, que se bebe del grifo y nunca falta; Canadá tiene el litoral más extenso (202.000 km, casi 100 veces el de Venezuela) y más lagos que cualquier otro país. Lo es el aire, que huele diferente. Y el clima, claro: todo un personaje, un tema, una literatura, una cultura. Es distinto el champú que uso, de la misma marca que el que compraba allá. Son distintos los cambures, el chocolate, el azúcar; los ascensores, las aceras, los autobuses, las llaves, los bombillos, los pomos de las puertas. Son distintas las medidas de las cosas, y el hecho mismo de que hay medidas, de que la realidad aquí se cuantifica, se documenta y se comunica abundante y sistemáticamente.

Cómo cambia, también, la percepción del tiempo. Tres meses más tarde, ya sentía que llevábamos mucho aquí. Que tenía muchos meses sin ver a los míos, a los que dejé atrás. Sentía que se alejaban los horrendos febrero y marzo de 2014, con la violencia literalmente bajo nuestra ventana, cuando sentimos que el país nos terminaba de expulsar. Que incluso 2002 ocurrió hace milenios. Ni hablar de 1997, cuando Chávez aún no estaba en el poder. O de 1988, el último año antes del hito definitorio del Caracazo… aquello es como el Neolítico, la sopa primigenia.

Como si a ese landing lo hubieran precedido años y años de hibernación en una nave hacia Neptuno.

Continuará

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