El duelo va por dentro

Quien hace maletas con intención de no retornar a su tierra, vive un doble proceso. Se afronta a la obligación de abrirse a la nueva cultura para integrarse a la sociedad que lo acoge y, al mismo tiempo, se ve obligado a cerrar el ciclo con su ciudad natal para poder afrontar lo que le espera.
Por Mirelis Morales



No es posible vivir arraigada a la nostalgia mientras se trata de buscar un espacio en el nuevo destino, pues el sentimiento de apego no nos dejará coger vuelo.

Puede que cuatro meses sea muy pronto para sacar conclusiones. Pero esa sensación persistente de que no pertenezco a este lugar me ha llevado a pensar si realmente me adaptaré a este país y por qué me siento tan triste de estar lejos de mi ciudad, cuando la verdad no estoy mal aquí. Conversando con una amiga, quien tiene muchos años viviendo afuera, me comentó algo que me dio un poco de luz: estás viviendo el duelo de haberlo dejado todo y mientras tengas el puño cerrado por negarte a soltar no estarás preparada para recibir.

Me siento en ese punto en el que no estoy aquí ni allá. Cuando te das cuenta que la ciudad que dejaste sigue su curso y sientes nostalgia de haberte perdido la inauguración de los patios ornamentales del Parque del Este, u observar la nueva escultura de gotas de la autopista Francisco Fajardo o que no estarás en la celebración 447 de Caracas. Y al mismo tiempo, sientes que tu nueva ciudad celebra con efusividad el triunfo de la selección en el Mundial y a ti te da simplemente igual.

Una sensación de estar en un limbo emocional donde no terminas de enterrar la tristeza para darle paso a la sensación de tranquilidad. Quizás me toca aceptar que esa nostalgia siempre estará rondándome y que nunca se irá de mí porque mi ciudad la llevo conmigo, pero he entendido que para poder vivir con mi amiga “añoranza” y hacer las paces con ella, me toca decir “Adiós”. Bien lo dice Cerati: “Poder decir adiós es crecer”.

Fuente: http://www.inspirulina.com/el-duelo-va-por-dentro.html

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