Al inicio todo era maravilloso...

Testimonio de una venezolana en Canadá. 
Fragmento tomado del libro: Inteligencia Migratoria. ¿Me quedo o me voy? Ediciones B, Venezuela, 2013 


Al inicio todo era maravilloso y constantemente veía solo las cosas buenas para no atraer la negatividad. El cambio de idioma fue importante e inclusive el clima con los horarios. Me agradaba poder salir sin preocupación por mi seguridad personal y el desarrollo evidente en aspectos limitados en mi país. Constantemente tenía que estar al día porque todo era nuevo y había mucho que aprender.
Una vez que eres inmigrante comienza el camino y, lamentablemente, uno tiene que pasar por otra puerta diferente y comenzar con muchas regulaciones, pre-requisitos, comprobantes, documentos nuevos... Eres un desconocido que quiere pertenecer y, por mucho esfuerzo que se haga, para todo tenía que volver a empezar. Solo el tiempo aclara tu identidad. Aquí empezaba mi descontento de nuevo… definitivamente el huir de una situación no era garantía de no encontrarme en otra situación igual pero en un lugar diferente.

Me desesperaba sentir que no avanzaba, porque para las equivalencias de mi profesión (odontología) tenía que esperar un año para presentar uno de varios exámenes, luego, para cursar otros estudios, cada institución exigía su propia documentación y examen de idioma, lo realizado en mi país carecía de importancia para cualquier organismo (¡muy frustrante!), y realmente nadie se sentaba a explicarme nada porque en estos países hay que ser autodidacta y descubrir todo por sí mismo. Después de muchos intentos y lucha por sobrevivir, me di cuenta de que la satisfacción personal es algo que se lleva por dentro y no se encuentra en un lugar ni en algo material. Pude comprobarlo pasando por viviendas, institutos, zonas, empleos e incluso amistades diferentes.

He regresado en diversas ocasiones a Caracas de vacaciones, a visitar a mi familia y amigos. Es muy satisfactorio volver de vez en cuando para reforzar o rectificar esta decisión. Siempre con mucha alegría llegaba y disfrutaba, pero uno tiende a olvidar lo malo y solo recordar lo bueno, creando un falso concepto de lo que realmente existe. Admito sentir nostalgia y profunda tristeza cuando debo regresarme, pero a la vez pienso que no hubiese podido descubrir toda esta experiencia que me ha permitido crecer tanto y madurar.

Llevo cuatro años como residente fuera de mi país y mis resultados han sido los siguientes: profesionalmente, aún no he logrado obtener una licencia para ejercer mi profesión (aunque sigo intentando el proceso); emocionalmente, me he desarrollado muchísimo.

El mayor aprendizaje ha estado orientado hacia mi crecimiento personal y en el desarrollo de mis capacidades como individuo y ser humano. El resolverse por sí mismo genera mucha fortaleza interior e independencia. He tenido la oportunidad de conocer todo tipo de personas, distintas nacionalidades, personalidades y culturas, tengo nuevas amistades y nuevos hábitos de vida. He cambiado mi visión del mundo y he incorporado la paciencia y la tolerancia dentro de mi forma de ser. Ya no vivo en Montreal sino en Toronto y continuo así mi camino.

No me doy por vencida fácilmente, pues es parte de mi naturaleza, y a pesar de que las cosas no hayan resultado como quisiera, no me arrepiento de mi decisión porque emigrar es, definitivamente, una experiencia para agregar aventura a nuestra vida. Te hace más fuerte y suma a lo que ya uno vive y siente. Tampoco es sano emigrar porque otros lo hacen, es una decisión absolutamente individual y depende por completo de nuestras necesidades y metas a largo plazo. Emigrar no es una solución a nuestra insatisfacción, a menos que se busque ese desarrollo personal que nunca está de más considerar.

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