Nostalgia en un kafta

Los venezolanos comemos shawarma, paella, lasagna (que allá llamamos pasticho) y lumpias con la misma pasión con la que devoramos un plato de pabellón. Todos tuvimos un amigo “portu”, uno “gallego”, uno chino o uno “turco” en la escuela. Los lugares típicos para comer todas esas gastronomías son los que montaron esas abuelas que llegaron en los años 50 y que han pasado de generación en generación dejando sus huellas impresas en nuestros paladares. Esas huellas son indelebles.
Por Cynthia Rodríguez, tomado de su blog Mamá en Montreal (http://mamaenmontreal.com)



Caí en cuenta el otro día, en que hacíamos unas diligencias y comimos en un popular lugar libanés. Comentamos entonces cómo aquella comida nos hacía sentir en casa. Igual que nos pasó unos meses atrás, cuando visitamos una panadería portuguesa muy sencilla en el Plateau, para comer unos pasteis de nata. Y entonces pensé ¿qué tienen en común la comida libanesa y la panadería portuguesa? Que las dos tienen una muy amplia representación en Caracas, Venezuela, el lugar de donde nosotros venimos.

Estar en esos lugares que nos son precisamente los más bellos, los más trendy, los más montrealeses, sino más bien los más sencillos y auténticos, nos transporta inmediatamente a lo que dejamos atrás cuando vinimos aquí.

No se trata ya tanto de la calidad de la comida, de lo bonito que esté decorado el lugar, de lo original. Definitivamente, no se trata de la novedad, sino de todo lo contrario: cuando uno es inmigrante y uno come la comida de otros inmigrantes que llegaron allá de donde es uno, se activa una fuerza que nos une en el tiempo y el espacio. Se encuentran entonces el libanés, el portugués y el venezolano y se reconocen sin siquiera ser demasiado conscientes de ello.

Sí, sé que la idea va y viene y toca muchos puntos en el mapamundi, pero la sensación es muy clara.
Cuando te vas de tu país, te has desconectado de muchas cosas. Has elegido hacerlo, sí (al menos yo puedo decir que lo hice), disfrutas el nuevo lugar al que has llegado y te gusta ir descubriendo, explorando, conquistando esta nueva tierra. Quieres incluso adoptar mucho de lo que encuentras, porque te gusta. Esta es tu tierra de oportunidades (que escogiste o te tocó en suerte). Vas buscando poco a poco dónde está esa toma de energía a la que te vas a conectar de nuevo. Y la vas armando. A tu ritmo y medida. (O no, pero ese es otro tema).

Pero siempre te queda un poco esa sensación de que pasaste mucho tiempo siendo otra cosa y que eso se ha quedado en ti. No quieres perderlo, y por eso te encargas de nutrirlo con todo lo que puedes. Por eso honras la tradición gastronómica de tu tierra, porque eso es lo mejor que te pudiste haber traído contigo. Por eso te empeñas en hacerle arepas a tu hija cada vez que las pide, y preparas cachapas con maïs sucré. Por eso le ofreces a unas señoras de aquí que vienen a tu casa un vaso de papelón con limón y les cuentas toda orgullosa que ése es el refresco de tu tierra.

Y por eso también quieres comer comida libanesa, italiana, española, portuguesa o “chino-venezolana” en los lugares donde comen ellos. Porque eso hace parte también de lo que eres.

En Venezuela las comunidades de inmigrantes que llegaron para quedarse nos han dejado mucho de lo que hoy somos. Los venezolanos comemos shawarma, paella, lasagna (que allá llamamos pasticho) y lumpias con la misma pasión con la que devoramos un plato de pabellón. Todos tuvimos un amigo “portu”, uno “gallego”, uno chino o uno “turco” en la escuela. Los lugares típicos para comer todas esas gastronomías son los que montaron esas abuelas que llegaron en los años 50 y que han pasado de generación en generación dejando sus huellas impresas en nuestros paladares. Esas huellas son indelebles.

Uno entiende lo que es un buen pulpo a la gallega, un arroz con lentejas y cebollas fritas y delira por una buena bolognesa. Todo eso es parte de uno y se le termina haciendo casi tan “típico” como lo son la arepa y el tequeño. Uno se siente un poco en casa en la presencia de una barra de madera con jamones colgando, una nevera de panadería que hace demasiado ruido y guarda unas tortas que parecen tener demasiado tiempo o un mantel a cuadros rojos y blancos con un jarrito de vino que está allí sólo con fines “decorativos”. Uno es también todo eso.

Y cuando esos recuerdos se te manifiestan aquí, tan lejos de allá, algo pasa en tu cabeza y en tu alma que no sabes muy bien cómo definir, pero que es agradable y un poco triste también. Te sientes a la vez muy bien y un poco nostálgico. Viajas en el tiempo y en el espacio montado sobre la alfombra voladora de sabores que ni siquiera son autóctonos de tu tierra, sino que llegaron de otra parte y tú los adoptaste y se quedaron para siempre contigo ¿No es algo maravilloso?

Una cosa que me pregunto a veces es si uno como inmigrante va a dejar algún tipo de marca en alguien más. Alguien que no conocía la comida venezolana y la va a conocer gracias a ti y luego va a querer prepararla en casa. Alguien que va a pasar ese sabor “exótico” a sus hijos como parte de la tradición del hogar, que uno va haciendo a su modo y poco a poco. Me pasa ahora, por ejemplo, con mi amiga Marcela, que me enseñó a comer nopal y cuya receta de la horchata de arroz necesito para vivir. Tal vez en el futuro yo tenga un poco de su alma mexicana flotando en mi cocina.

Y pienso ahora mientras escribo esto, pienso que debe ser difícil explicarle a un canadiense por qué me da nostalgia cuando como kafta, si yo no tengo nada de libanesa, pero ser inmigrante también es esto. Ser inmigrante es cargar con unas huellas que no son sólo las tuyas, sino las que has heredado de los pasos que dieron otros antes de ti. Es mover la tradición de un lugar a otro de la tierra según tu propia visión del mundo. Es sentir también un poco de nostalgia de lo que no has vivido pero es parte de ti.

Como sé que me leen personas que están en distintas partes del mundo y de distintos orígenes, les dejo dos cosas: una, la invitación a que visiten esos lugares de inmigrantes que también estuvieron en sus países de origen, a ver cómo se sienten ustedes al volver a probar esas comidas. Y dos, el agradecimiento por todo lo que ustedes desde sus culturas le han dejado y le siguen dejando a la mía.
Ojalá que todos podamos hacer lo mismo.

Que la fuerza los acompañe


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