Manual para el migrante efectivo: adaptándonos en 10 pasos

Migrar es como ser padres.  No importa cuanta literatura leas al respecto, hasta que no lo sientas en tus carnes, hasta que no te lo pases por la piel, no podrás entender la revolución emocional que se desata dentro de quien lo está viviendo, incluyendo el miedo y la responsabilidad que aparecen implícitas con la situación.
Por Patricia Helena González Pacheco

(Esta nota fue publicada originalmente con el título "Morriña asertiva" en el blog de la autora: Donde lo cotidiano se convierte en aprendizaje)

No te dejes herir por las palabras inmigrante o extranjero, porque eso exactamente es lo que eres, esa es tu nueva condición, no la desprecies, más bien añádela como algo normal en tu andanza. 

Mucho se ha escrito sobre la migración: poemas desgarradores de los que se van, cartas amargas de los que se quedan, artículos furibundos e indignados de quienes rechazan la alternativa, líneas reivindicativas de quienes la eligen, publicaciones añorando lo perdido y algunas pocas palabras agradeciendo lo obtenido.

Los que ya llevamos años de experiencia en el asunto, sabemos que es una situación realmente compleja, difícil de describir, confuso de vivir y un calificativo que se convierte en permanente, aunque ya hayamos anclado en puerto definitivo.  No hay manera de migrar y no quedarse por el resto de la vida con el corazón “partío”; aunque vuelvas al lugar de dónde saliste o aunque te sientas feliz en el lugar donde te quedaste, tu mente y tu alma no tienen más remedio que aprender a vivir divididos.  Una vez que te vas, una vez que llegas, eres migrante para los restos y la morriña* será tu más fiel compañera.

La melancolía de la separación, no necesita un mar de por medio, para hacerse presente en el corazón de alguien. Mi madre nació en San Cristóbal y se mudó para Caracas en su adolescencia y los efectos de este fenómeno son exactamente los mismos, solo que el retorno implica menos kilómetros.  La necesidad tácita y constante de regresar, la emoción en sus ojos cuando vuelve a pisar tierra andina, la añoranza de sus sabores o el acento marcado que aparece, cuando conversa con los familiares que quedaron arraigados en su tierra, dan fe de ello.

Migrar es como ser padres.  No importa cuanta literatura leas al respecto, hasta que no lo sientas en tus carnes, hasta que no te lo pases por la piel, no podrás entender la revolución emocional que se desata dentro de quien lo está viviendo, incluyendo el miedo y la responsabilidad que aparecen implícitas con la situación.

Migrar es la bipolaridad en su máxima expresión.  Cuando realizas ese movimiento, todo en ti se parte en dos: tu lenguaje, tus aromas, tu forma de ver la vida, tus añoranzas y tus prioridades.  Te conviertes en un ser dual con el que tienes que aprender a vivir.

Para los tuyos comienzas a ser un extranjero, ese que no dejas de ser jamás en el sitio a donde te fuiste; si estás fuera te conviertes en traductor oficial de tu propio lenguaje coloquial, pero si regresas te pasas el día explicando cada cosa nueva que dices o haces; si estás allá evocas lo de aquí y si estás aquí anhelas lo de allá.

Terminamos siendo embajadores no remunerados de la tierra donde no habitamos y mucha entereza hay que tener para no enloquecer con esta ambigüedad, pero lo cierto es que la misma condición, es la que te da esa valiosa herramienta que además se convertirá en pilar fundamental de tu madurez y tu supervivencia.

Debería existir y ser de obligada lectura y aprendizaje para futuros “viajantes”, algún manual que les prepare para esta hazaña, aunque una vez más, la teoría seguramente se disiparía, ante la realidad de la práctica.  Yo hoy me aventuraré a escribir algunos pasos que considero indispensables y que son aplicables te vayas a ir, ya te hayas ido, lleves mucho tiempo en el otro lugar o tengas intenciones de regresar…   de todas formas, reconozco que esto más que un manual, son solo unas líneas como recordatorio para mí misma, sobre lo que realmente importa, independientemente de mi emplazamiento geográfico.

Manual para el migrante efectivo: adaptándonos en diez pasos

1.  Aprende, entiende o asume que la añoranza será tu nueva forma de vida.  No insistas en volver a sentirte como antes, porque no hay forma, así que deja de resistirte.  Muy mal tendría que irte en alguno de tus hogares permanentes o temporales, para que consigas desterrarlo definitivamente y con todos sus detalles de tu corazón, pero aun así, permíteme que lo dude, son tantos los componentes emocionales que nos atan a cada lugar, que inexorablemente estaremos añorando aquel donde no nos encontremos.  Por lo tanto, mientras más pronto lo aceptes, ¡más rápido integrarás esa nueva, extraña y rotunda sensación!

2.  Deja las comparaciones fuera de la maleta.  Sufrirás innecesariamente y probablemente molestarás a tus anfitriones si insistes en hacerlo.  No lo hagas en tu cabeza, por el contrario dedícate a encontrar los regalos que te dan la nueva experiencia, pero mucho menos lo hagas en tu discurso; no hay nada más desagradable que un invitado hablando mal de nuestra casa y en nuestras narices…  ¿tú lo aceptarías? ¡Ellos tampoco tienen por qué hacerlo!

3.  Relájate con el uso de las palabras.  No te aferres a tu lenguaje materno, insistiendo tercamente en que los demás se habitúen a ti, ni pretendas convertirte en un erudito del verbo usado en el lugar que te recibe.  Tu cerebro requiere un período de adaptación, así que acomódate lentamente, incluyendo en tu plática las nuevas palabras que consideres necesarias y manteniendo las familiares que te hagan sentir cómodo, pero sean comprensibles para todos…  ah, y cuando regreses a tu país de origen, asume, desde que te estén sellando el pasaporte en inmigración, que tu gente se burlará de tus nuevos modismos, entonaciones y frases, eso será más fácil que intentar ocultar ese  “cantaíto”, del que todos se han dado cuenta menos tú.

Por cierto, ¿sólo a mí me parece insufrible, el conato de pronunciación que hacen algunos latinoamericanos para parecer españoles?  Amigo, a menos que seas extraordinariamente bueno en ortografía y te detengas antes de emitir cada sonido, para pensar la diferencia de pronunciación entre la C,S y Z, ¡tú estarás hablando de una forma muy rara y poco atractiva! ¡No lo hagas por favor!  Y lo mismo al revés…  mis queridos españoles, ¡América entera no tiene acento mexicano!  Evítenlo, de verdad, aunque insistan y practiquen, no se escuchan graciosos, ¡se los prometo!
Sigamos.

4.  No te dejes herir por las palabras inmigrante o extranjero, porque eso exactamente es lo que eres, esa es tu nueva condición, no la desprecies, más bien añádela como algo normal en tu andanza. Ocúpate más bien de ser un extranjero que deja su país en alto, un inmigrante que sabe introducirse en la sociedad sin hacer mayor ruido y con el agradecimiento como bandera.  Recuerda que no te pueden herir si tú no estás abierto a ello; si te duele que te cuelguen alguno de los dos términos, indudablemente tu trabajo personal tiene relación con tu sensación de no pertenencia y no con ese “opinante” que sólo vino a recordarte la herida de no sentirte incluido.

5.  No rechaces tu gentilicio en el lugar de destino, pero tampoco te limites a reunirte con tus congéneres.  La experiencia me dice que la mayoría nos vamos a los extremos, o no queremos volver a ver un coterráneo más nunca en la vida, o llegamos haciendo una lista de los lugares donde podemos frecuentarlos, para entre todos construir un mini-país que nos haga sentir como si no nos hubiésemos ido.  Encuentra la armonía entre ambos pues eso será lo más saludable para tu mundo emocional; además, la diversidad es parte del encanto que tiene esta oportunidad, que la vida te está brindando.

6. Conviértete rápidamente en un ciudadano ejemplar, tú más que nadie debes cumplir las leyes y las normas no escritas en el lugar de acogida, pero tan importante como eso, es mantener vivo el espíritu del turista que llevas dentro y que seguramente fue motor de arranque para tu aventura. Emociónate, sorpréndete y disfruta como si siempre estuvieras de visita, esa es una de las grandes bondades de haber tenido la valentía de volver a comenzar fuera de tu zona conocida.

7.  Nuestra capacidad de amar es infinita, por lo tanto no tienes que decidir por uno o por otro.  No es cuestión de fidelidad, es cuestión de efectividad:respeta y quiere por igual tu país de origen y tu país de acogida.  Ese equilibrio será la estrategia perfecta para ayudarte a amortiguar los embates de la melancolía y la confusión.

A tu país de acogida:
Agradécele, te está dando nuevas opciones.
Disponte a conocer su cultura, así será más fácil tu integración.
Jamás hables mal de él ni de su gente, son tus anfitriones.
Adáptate, el nuevo eres tú.
Ámalo, es tu nuevo hogar!

A tu país de origen:
Agradécele, te ha dado todo lo que eres.
Habla bien de él, recuerda que cuando lo hagas, ¡también estarás hablando de ti y de los tuyos!
Siéntete orgulloso de tu gentilicio, las circunstancias por las que te estás marchando, no deberían restarle valor.
Hónralo en tu corazón, de allí son tus raíces y lo que eres.
Regresa cuando puedas, aunque sólo sea de visita y llénate de sus olores, sabores y amores; no le dediques demasiado tiempo a lo que no te gusta, será como cargar tu depósito de gasolina mala.
Ámalo, ¡siempre será tu hogar!


8.  Con frecuencia he escuchado a personas decir, además con profundo dolor, que se sienten extranjeros en su propia patria y esa es una emoción tan válida como cualquier otra, pero que también tiene solución.La morriña* en este caso, está relacionada con la añoranza de lo que ya no somos y de lo que ya no tenemos.Asúmelo, acéptalo, suéltalo y trabaja por un país mejor, esa es la única alternativa.

Jamás volveremos a ser lo que éramos, cosa que por cierto está muy bien, porque lo que fuimos es lo que nos trajo a donde estamos; vamos a ocuparnos ahora en ser lo que nos lleve a donde queremos estar, y esta es una tarea que se puede realizar desde adentro o desde afuera de nuestra tierra.

Todo en esta vida tiene una razón de ser y un orden necesario.  Hay etapas por vivir y en el presente estamos viviendo la que nos toca, por muy dura que sea; si intentamos saltarla, corremos el riesgo de quedarnos colgados de un pasado inexistente, pivotando entre un presente incómodo y un futuro incierto. Soltar la nostalgia de lo que fuimos puede ser un paso indispensable, para alcanzar lo que queremos ser.

9. Existen lazos ancestrales, invisibles e indisolubles con la tierra que te vio nacer; no hagas caso omiso de ello, desde donde estés, mantén un recuerdo cortés de tus raíces y transmítelo a tus hijos, de lo contrario ellos se verán en la obligación de emprender el camino de regreso, para entender lo que tú no supiste atesorar con respeto, del lugar a donde también pertenece su historia.

10. Cada quien tiene derecho a decidir su rumbo y su destino, está bien si te quedas, está bien si te vas, que nadie te haga dudar de tu decisión, excepto tú mismo, pero decide sabiendo que no hay ningún lugar en el mundo que nos garantice la paz o la felicidad, esas sólo se encuentran en lo más profundo de tu propio ser.

Camina, detente, explora, vuela, regresa, haz lo que decidas hacer pero jamás olvides que el único viaje que te llevará al lugar perfecto es el camino hacia tu interior. ¡Feliz viaje a quien decida irse y feliz estadía a quien decida quedarse!

*Morriña: Palabra gallega que describe el sentimiento de tristeza por la lejanía del lugar de donde procede uno y de aquellas cosas, objetos y situaciones que lo evocan.


Fuente: https://phgp.wordpress.com/sobre-mi/

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