El complejo camino de emigrar

Por Sonia Peña-Czechowicz
Coautora del libro ¿Me quedo o me voy? Inteligencia migratoria.



Por los momentos soy migrante pendular. Lo que significa que mi tiempo se reparte entre dos países. Ahora estoy en el país de acogida por un rato, con un invierno que tiene sus encantos. Desde que soy pendular llevo conmigo a mi gran compañero, mi refugio personal: un peludito que normalmente llaman gato.

En una revista norteamericana que suelo leer, siempre tienen una sección interactiva donde le formulan diferentes preguntas a sus lectores y, luego, escogen las que consideran dan la mejor perspectiva del tema y las publican en el próximo número. Una de las últimas preguntas fue: ¿Qué has aprendido de tu mascota? Mi respuesta inmediata fue: tantas cosas que no me alcanzarían el número de caracteres.

Sin embargo, siendo más específica, mi gato me ha enseñado a aligerar el tránsito de emigrar. Cuando empezamos a “pendular” tenía mil dudas sobre si traérmelo. En ese momento él tenía 15 años. Desde su veterinario, veterinarios extranjeros, hasta pasando por familia y amigos me decían que era una locura. Que los gatos son apegados a las casas, que tenía mucha edad, que era un trajín eso de estar yendo y viniendo, que no se iba a adaptar a un sitio desconocido, que no iba a comer, que no soportaría el viaje. En fin, sólo mi esposo, como buen psiquiatra y conociendo la relación estrecha con mi peludo, me apoyó aunque con un poco de preocupación por lo que pudiera pasar.

Yo no sabía qué hacer y por ello decidí confiar en mi instinto y seguir mi corazón. Me documenté y me preparé como toda una experta en la materia, con toda la ansiedad y desasosiego que mi cuerpo y mi mente podían albergar y con toda la incertidumbre posible. Con mi gato se rompieron muchos paradigmas. En el viaje se comportó como un viajero frecuente. Comió, tomó agua y fue a su cajita de arena en la primera media hora que llegamos a ese apartamento desconocido para todos. Descansó mucho los primeros dos días pero inmediatamente retomó su rutina sin darle muchas vueltas. Y así ha sido todas las veces siguientes, incluyendo ésta.

Entonces, ¿sucedieron algunas de las predicciones anunciadas? No. Ninguna.

Aunque esta experiencia vivida de primera mano podría estar más orientada a los amantes de las mascotas, igual siento que me da la clave para decir que cuando transitamos el complejo camino de migrar lo que sobran son dudas, incertidumbres, advertencias sesgadas de personas, que aunque bien intencionadas, ven los toros desde la barrera y no han vivido una experiencia ni siquiera cercana a lo que nos toca vivir cuando decidimos emigrar, en la modalidad que escojamos.

Como dicen por allí ¿el secreto del éxito? Está en parte descrito en el párrafo cuatro. Hice una investigación exhaustiva con expertos en el tema y me adueñé de mi mejor actitud para emprenderlo con todas mis dudas, temores e incertidumbres en su máxima expresión. Ahhh y la camita térmica del gatito la cual también es pendular. Va y viene con él. Traducción humana: cosas que nos son familiares y nos reconfortan. Ojo. Estoy absolutamente clara que no todas las personas, ni las mascotas, ni las circunstancias son iguales. Sin embargo, en mi caso, no podía tener más cosas en contra y la experiencia no pudo ser más aleccionadora.

Una de mis certezas es que de todo y de todos se aprende. ¿Qué más aprendí de mi gato? Lo resumo en el nombre de un libro maravilloso de Jon Kabat-Zinn cuyo título original es “Wherever you go, there you are” y su traducción podría ser algo así como “Vayas donde vayas, ahí estarás”. Seguro para él es más fácil. No se complica tanto la vida como los seres humanos. De mi aprendí que uno termina haciendo posible lo que asume profundamente.

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