Cómo encontré la felicidad fuera de Venezuela

De antemano expreso que el propósito de este escrito es hablar sobre mi experiencia, similar a la de muchos compatriotas que se han ausentado de nuestro país debido a sus problemas políticos, económicos y sociales. De ninguna manera debe verse como una crítica hacia quienes no lo han hecho, ya que cada venezolano tiene sus razones y toma sus decisiones y eso hay que respetarlo. 
Por Gustavo Coronel, Septiembre de 2013



Desde que llegué a residenciarme en el Estado de Virginia, USA, hace ya 10 años, he estado viviendo mi sueño: ser un buen ciudadano. Quienes vienen a vivir en USA persiguen objetivos muy diferentes: riqueza, tranquilidad, éxito profesional, hasta fama. Hay quienes se contentarían con los 15 minutos de notoriedad que, según Andy Warhol, todos tenemos una vez en la vida. Yo llegué aquí a vivir como un buen ciudadano. En Venezuela permanecí hasta 2003 tratando de serlo: pagando mis impuestos, las facturas de luz, agua, etc., obedeciendo las leyes y regulaciones del país, cooperando con mis vecinos para mejorar la comunidad, haciendo lo que hacen los seres civilizados en una sociedad civilizada. Esto me resultó sumamente difícil. El ambiente no me dejaba. No podía concretar mi aspiración de ser un buen ciudadano. Peor aun, mi indignación me estaba inclinando a la violencia. En una ocasión amenazé a Eleoccidente, en Tocuyito, con pegarle fuego a la oficina si no mejoraban el servicio. En ese momento comprendí que tenía que irme del país si no quería convertirme en un salvaje.

A partir de 1999 Venezuela se sumergió progresivamente en el caos y la anomia, esa carencia de normas civilizadas que caracteriza a una sociedad en desintegración. La vida del venezolano se fue convirtiendo en un diario ejercicio de sobrevivencia, sin tiempo para el cultivo de los anhelos y los sueños de ser mejor, a los cuales todos los seres humanos tienen derecho.

Emigré a los Estados Unidos buscando una manera diferente de vivir y la he encontrado. No soy un exiliado del gobierno, nadie me obligó a ausentarme de Venezuela, soy simplemente un venezolano quien tomó la decisión de vivir en libertad. Hoy soy un miembro más de la inmensa sociedad estadounidense y me deleito con las pequeñas cosas que los nativos dan por sentado y algunos hasta han dejado de apreciar. Salgo a caminar por la mañana sin tener que usar un bastón para defenderme de los perros del vecino y sin temor a enfrentarme con posibles asaltantes. Los pájaros que encuentro en el camino no vuelan despavoridos, ya que están acostumbrados a que nadie les haga daño. Regreso a casa a bañarme y… el agua fluye de la ducha. He olvidado lo que es un apagón y tengo 10 años sin ver una cucaracha. Espero el bus a la puerta de mi casa y sé que pasará a la hora señalada. A veces soy el único pasajero a bordo y el conductor me saluda porque somos amigos. Esta es una vida eminentemente predecible, un concepto lamentablemente ausente en nuestra Venezuela, donde uno no sabe si el bus pasará algun día, si se parará para dejarnos subir, si se accidentará en el camino o será asaltado por delincuentes.

Como ciudadano preparé cada año mi declaración de impuestos, la envío por Internet y pago o recibo un reembolso. Recibir un reembolso del gobierno es una experiencia que jamás había tenido. Las cuentas se pueden pagar por Internet y el correo generalmente llega a su destino.

La palabra mágica en esta sociedad es confianza. En Venezuela tuve una cuenta en el mismo banco por más de 30 años y cuando quería hacer una transacción que no fuera rutinaria, como enviar una transferencia o hacer efectivo un cheque contra otro banco, tenía que probar, una y otra vez, que no era un malhechor. Hace algun tiempo me encontré sin efectivo en California, en Diysnelandia, y fui a cambiar un cheque contra mi cuenta bancaria en Virginia. El cajero, vestido de ratón Miguelito, me lo pagó sin chistar. Confió más en mi que el banco en el cual tuve una cuenta por 30 años.

Manejar aquí es un placer. Me paro en luz roja sin temor a que me asalten y sé que, cuando se ilumine la luz verde, durará lo suficiente para que yo pueda pasar. No hay angustias ni gente atravesada. El sistema me permite ser cortés con otros conductores y ello genera cortesía de regreso. Esta actitud colectiva me recuerda un poema de W.H. Auden: “the points of light flash out wherever the just exchange their messages”, los puntos de luz brillan cada vez que los justos intercambian sus mensajes.

Es posible vivir modestamente y disfrutar, al mismo tiempo, de un alto nivel de calidad de vida. Tener dinero es importante, pero la sociedad ofrece disfrute a bajo costo: conciertos, paseos en bellos parques, eventos culturales, centros de reflexión (Think Tanks), transitar por las carreteras en la inmensidad del país, con hoteles y restaurantes de precios módicos. Cada pequeña ciudad o pueblo tiene sus festividades y su personalidad propia y el turismo interno es rico en ofertas.

¡Eso sí, procuremos no enfermarnos! Ese es el único aspecto en el cual pudiera estar mejor en mi país, ya que allá existe frecuentemente una estrecha relación médico-paciente con médicos amigos, en lugar de la relación bastante impersonal que suele existir en USA. Sin embargo, esto está cambiando en USA, gracias al influjo de médicos latinoamericanos. Mi médico aquí es venezolano y es mi amigo.

En USA un plomero, un agricultor o un ingeniero tienen similar acceso a la cosas básicas de la vida: un auto, una educación para los hijos, un hogar, viajar. Por supuesto, el auto frecuentemente no es el mismo pero los transporta de A a B sin problemas. Hay pocas cacharras en la vía. Ser propietario es fácil gracias al acceso al crédito bancario y las bajas tasas de interés. La inflación es muy baja. Cuando llegué hace 10 años el kilo de papas costaba más o menos lo que cuesta hoy en día y siempre hay papas de excelente calidad. Un buen auto nuevo se puede comprar hoy en $20.000 sin cuota inicial, aunque también los hay de $300.000 y más. Es posible comprar una casa para pagarla en 30 años. Lo usual es obtener un préstamo bancario, pagar la casa de contado y pagarle al banco.

Aquí he podido hacer labor social, actividad que es aun relativamente rara en Venezuela. Tengo 800 horas de trabajo voluntario en un hospital que es uno de los mejores de los Estados Unidos y he aprendido muchísimo sobre su funcionamiento, sobre la calidad de la medicina en este país, así como acerca de la filosofía de la vida del estadounidense, como encara la enfermedad y como actúa en los momentos de gran tensión.

Sorprendentemente existen estadounidenses insatisfechos con la vida en su país. Aquí hay que trabajar duro y ahorrar para el futuro, existen la frustración, la infelicidad, los temores. Muchos no aprecian lo que tienen. He encontrado a bastantes latinoamericanos en USA con años de permanencia que me hablan de lo “mal que se vive aquí” y de su gran deseo de “regresar a sus países”. Sin embargo, no lo hacen, por lo cual sospecho que no son sinceros. Como en todo país de mucha población hay casos de violencia irracional que cobran víctimas inocentes. Sin embargo, el índice de seguridad personal es infinitamente superior al venezolano, a pesar de lo que afirmaba el comandante-presidente fallecido. En USA hay 3 muertes violentas por cada 100.000 habitantes. En Venezuela hay unas 60 muertes violentas por cada 100.000 habitantes y ese índice es mucho peor en Caracas, donde puede llegar a 100 muertes violentas por cada 100.000 habitantes.

Creo que ya nunca regresaré a vivir en Venezuela. A mi edad, 80 años, y en las condiciones caóticas del país, las cuales no cambiarán apreciablemente en el corto plazo, no tengo mucho incentivo para el retorno. No es mucho lo que pudiera hacer allá para revertir esta tendencia anómica. Pienso que si me hubiera quedado en Venezuela ya estaría muerto porque el choque psicológico diario, el estrés generado por el país que veía comparado con el que yo quería tener era muy grande.

Estoy fisicamente ausente de Venezuela pero no lo estoy espiritualmente y hago esfuerzos para acelerar el retorno de mi país a la normalidad democrática y a la senda del desarrollo. Me gustaría regresar de visita a ver a mis amigos y familiares y a recorrer de nuevo las vías andinas que tanto disfruté, pero no siento la angustia de la ausencia. Tengo memorias de mi Venezuela amable que me durarán el resto de mi vida.

He encontrado la felicidad y la oportunidad de vivir modesta y civilizadamente en un bello rincón del Estado de Virginia, en los Estados Unidos, concretando mis sueños de ser mejor como persona. Ojalá que algun día mis compatriotas puedan vivir de igual manera, que les sea dado practicar el don más hermoso que pueda tener miembro alguno de una sociedad: la buena ciudadanía activa, la felicidad de ser miembro de una sociedad laboriosa que sonríe.

Ese es mis más ferviente deseo.

http://www.noticierodigital.com/2013/09/como-encontre-la-felicidad-fuera-de-venezuela/

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