Irse, volver y regresar (Parte II)

Siempre he dicho, cada vez que me han preguntado por mi condición fuera de Venezuela, que lo que comenzó como un viaje de estudios se había ido convirtiendo con los años en una experiencia de emigración y que, si las cosas seguían como iban, se transformaría en una experiencia de exilio, pues ya no podría ir a mi Valera natal sin temer lo peor. 
Por Juan Carlos Chirinos

Este texto fue publicado originalmente en el libro Pasaje de ida (Caracas, Alfa, 2013) que reúne los trabajos de 15 escritores venezolanos residentes en el exterior, compilado por Silda Cordoliani 

Juan Carlos Chirinos, escritor venezolano radicado en España

III. Hablar normal

Con los años, vuelve la nostalgia, morriña, como la llaman los gallegos y es de uso común en la península, saudade, que la llaman los portugueses, y uno se empeña en volver a Venezuela. Las primeras visitas son de alegría y reencuentro; y en mi caso, en 2001 volví después de cuatro años de ausencia y encontré un país que ya no se parecía al que había dejado pero que conservaba muchos de los afectos y los espacios intactos. Y cuando pensaba que había vuelto, que estaba entre los míos, no tardé en encontrarme con la incomprensión bajo la forma de un tú no puedes opinar porque tú no vives aquí. 

La brusquedad del camarero salmantino que en 1997 me regañó porque no sabía que en España al ron –y a casi todas las bebidas, menos a la leche, en realidad– se le pone media rodaja de limón, había caído sobre mí en mi propio país en forma de reproche porque ya no estaba, porque estaba fuera, porque ya no era uno de ellos; y yo pensando que había mantenido el contacto-intacto, incluso porque colaboraba regularmente en la prensa nacional. 

Algo, evidentemente, se había quebrado, aunque no quisiera verlo, aunque exigiera mi derecho a seguir siendo venezolano, escritor venezolano, ciudadano venezolano. Y si no era así, ¿en qué me estaba convirtiendo, si tampoco podía decir que era español? Siempre he dicho, cada vez que me han preguntado por mi condición fuera de Venezuela, que lo que comenzó como un viaje de estudios –había llegado a Salamanca gracias a la beca-crédito de la Fundación Ayacucho– se había ido convirtiendo con los años en una experiencia de emigración –después de casi dos décadas, ya estoy establecido en Madrid– y que, si las cosas seguían como iban (espero que en el momento en que lees esto, lector amable, ya no sea así) se transformaría en una experiencia de exilio, pues ya no podría ir a mi Valera natal sin temer lo peor. 

Pero el asunto es menos dramático, pero más perturbador, de lo que pensaba: No es una experiencia de estudios-emigración-exilio, sino algo más complejo.

Es irse, volver y regresar.

Las diferencias y coincidencias a las que he tenido que adaptarme viviendo en España y visitando Venezuela tienen en esos tres verbos un eje que podría explicar cómo ha ido evolucionando mi percepción del mundo y cómo ha afectado al aspecto más importante de mi profesión. En una ocasión, antes de una nueva visita a Venezuela que ya se demoraba demasiado, una buena amiga gallega me hizo sin mala intención una pregunta que me ha puesto a pensar detenidamente en todo esto de lo que he venido escribiendo y de aquello que a propósito he eludido. Mi amiga, cultísima, gran lectora y mejor conversadora, con un incisivo humor que refresca los entrañables encuentros, me preguntó, antes de irme: “¿Cuántos años llevas viviendo en España?”, y cuando le contesté los años que tenía viviendo en España, respondió como el rayo: “¡Pero todavía no hablas normal!”.

Normal.

Sí, no hablaba normal en Madrid, como tampoco hablo normal en Caracas y, mucho menos, ya no hablo normal en Valera. ¿Qué hablo, entonces? ¿Qué koiné es esta que me hace diferente en el país donde vivo desde hace años y en la ciudad donde me formé y en la que nací? ¿Qué es esta koiné con la que me comunico todos los días?

Pensé mucho en esto y he ratificado una conclusión preliminar que ha afectado desde hace tiempo todo lo que escribo y que seguirá haciéndolo inevitablemente y aunque no lo quiera yo, ni lo quiera mi querida amiga gallega que me quiere oír hablar normal.

IV. La luna en equilibrio

Uno es el otro. Uno lee esta frase mientras estudia en la Universidad y de inmediato recuerda a sesudos y complejos pensadores como Foucault, como Mayz Vallenilla, como Briceño Guerrero, como Paz. Pero no, es más simple; uno es el otro y lo descubrí en dos movimientos, a lo largo de estos años. Varias veces me han preguntado, a veces con cariño, a veces con resentimiento, “y tú, ¿cuándo regresas a tu país?”, y yo he contestado divertido que si ya me estaban echando, que yo era como el gato Silvestre, que se agarra con las uñas al colchón y que nadie me sacaría de este país; pero también me he descubierto en Venezuela diciendo “cuando regrese a España...”, y es ahí cuando te das cuenta de que vives en un país: Cuando no vuelves, cuando regresas. El hogar está donde uno regresa, y cuando eso se hace evidente, no hay más nada que hacer. En un momento de estos quince años Venezuela dejó de ser el lugar donde regresaba para convertirse en el lugar a donde volvía; pero también España, con los años, ha adquirido esa doble condición, a donde regreso, y a donde vuelvo. 

Los lazos y puntos de encuentro con ambos países son para mí ineludibles, y no tiene sentido que reniegue de mi venezolanidad como ya no tiene sentido que oculte mis apetencias hispánicas y mis costumbres adquiridas, que de hecho disfruto de la misma manera como disfruto las que ya traía de Venezuela. Una buena paella no le quita el puesto a un hermoso pabellón; y un Ribera del Duero bien escanciado no debilita la deliciosa textura de un ron añejo: Mi lengua los quiere a los dos, los desea y los espera.

Eso, la lengua.

Al darme cuenta de este detalle fundamental, supe dónde estaba la raíz de mi nueva percepción.

Una madrugada, regresando a mi casa de Salamanca por el medio de la calle, alcé la vista y vi la luna en cuarto creciente y tuve una experiencia deliciosa: Descubrí que la luna estaba en una posición distinta a como estaba en Caracas y recordé que nuestro profesor de Gramática de la Universidad Católica Andrés Bello, un sabio llamado Jesús Olza, s. j., nos había comentado que nuestra mirada a veces era más europea que venezolana porque, por ejemplo, los calendarios lunares dibujaban a la luna como se ve en Europa, no como se ve en Venezuela. Y cuando vi la lunita salmantina haciendo equilibro sobre una de sus puntas recordé las palabras del padre Olza y constaté emocionado que, otra vez, tenía razón. Qué suerte tuve, por cierto, al haber tenido a semejante portento de la lingüística como profesor.

Pues eso mismo ha ocurrido con la manera como hablo; se ha ido transformando con los años, se ha ido adaptando y, como la luna, hace un frágil equilibrio entre lo que percibo y lo que interpreto; y el resultado ha sido, ¡oh, sorpresa!, otro sincretismo.

Cuando llegué a España a vivir, aparte del tiempo y los libros que gané para mi carrera de escritor que sigue hacia delante, con más o menos tropiezos, el tesoro mayor de mi emigración ha sido presenciar la transformación de mi propio lenguaje, esto es, de mi propia percepción del mundo. 

Una vez le comenté al crítico Víctor Bravo que ya no podía, como tantos escritores latinoamericanos que viven aquí, escribir puramente como venezolano, o como español; que sí, que había como un español distinto, un español koiné, que era mezcla también de lo que oigo en España cada día y de lo que traje de Venezuela (de Valera y de Caracas, sobre todo), pero que en todo caso hacía tiempo que me había rendido a la evidencia y que había dejado de luchar: Ahora hago cuentos y novelas y biografías –o esto mismo que voy escribiendo– y no me detengo a pensar si se dice coche o carro, plátano o cambur, braga o pantaleta, salvo que sea en beneficio de la coherencia interna del texto. Nadie habla normal o todos hablamos normal. Escoja el lector.

Por mi parte, solo puedo decir que la anormalidad lingüística es el sello de mi mundo y de lo que escribo desde hace años. Y no hay rodaja de limón ni luna inclinada que pueda cambiar eso.

Comentarios

  1. Quien habla normal? quien está loco? están todos locos y hay un normal? o son todos normales y hay un loco? Yo también he aprendido a querer este pais, valoro muchas cosas que me ofrece, pero al igual que tu no he olvidado mi venezolanidad.
    Si un bocadillo de jamón con tomate es esquisito también defiendo que una arepa con diablito y queso rallado es un manjar.
    Lo que a veces me sucede a mi es que mis seres queridos piensan que reniego de mis origenes por apreciar algunas costumbres locales, a veces es dificil evitar esas etiquetas.

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  3. Volver y regresar. No lo había pensado de esa manera. Cuando emigramos es imposible verbalizar en que punto del caminar estamos. Nuestra mente nos impulsa a pensar en el regreso quizás como una manera de resguardo. Pasa el tiempo y uno vuelve. Así te lo hacen sentir. Por más que tú pienses lo contrario. No eres ni de aquí ni de allá. Y sientes el primer pellizco en el corazón. Siento en mis dos exilios que emigrante es una nacionalidad con idiosincrasia y lenguaje propios. No hay como querer regresar para darnos cuenta que estamos volviendo... el regreso es un estado mental, una ilusión más que una realidad... somos del mundo... esa es la única certeza!

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  4. ¡Qué texto más bonito! El arraigo, el desarraigo, la nostalgia, la realidad aceptada... Muy bello.

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