Cuando yo llegué

A menudo lo hablamos mi marido y yo. Nuestra hija va a pertenecer a una generación que a menudo oirá a sus padres decir esta frase y que probablemente nunca entenderá del todo lo que significa. Yo misma no entendí su significado cuando la oí decir a otros, años atrás. Como pasa con la maternidad, es de esas cosas que tienes que haber vivido para poder comprender.

Por Cynthia Rodríguez. (Soy venezolana y vivo en Montreal, ciudad francófona de Canadá. He hecho mil cosas, pero las más difíciles han sido ser mamá y ser inmigrante). Tomado del blog Mamá en Montreal, http://mamaenmontreal.com/



El fin de semana estuvimos paseando con amigos venezolanos a los que conocimos aquí, de ese grupo de personas que se han convertido en poco tiempo en nuestra familia elegida en estas latitudes. Mientras caminábamos disfrutando del “beau” que hizo el sábado, la frase nos pilló por sorpresa y pronto nos dimos cuenta de que la decíamos con mucha frecuencia: “cuando yo llegué”. Cuando yo llegué aquí, esto no estaba allí. Cuando yo llegué, esta calle era distinta. Cuando yo llegué, el invierno fue más duro. Y así.

Entre una y otra mención, yo bromeaba con mi amiga diciéndole que somos la nueva versión de los protagonistas de una telenovela brasileña que transmitieron en Latinoamérica cuando éramos niños: Los inmigrantes. Lo dije con voz de locutor de televisión y una muchacha que venía caminando detrás de nosotras soltó una carcajada. Luego nos dijo: “perdón”. Yo me reí y me gustó mucho que ella también hablara español y que hubiera entendido el chiste.

Y luego, claro, me puse a pensar en serio en todo esto. Sin saber muy bien cómo, nos convertimos en Los inmigrantes de aquella telenovela. Cada uno de nosotros tiene su propia historia, a su modo parecida y a la vez distinta. Cada uno de nosotros tuvo que dejar algo atrás, extraña algo que perdió y ha descubierto también algo nuevo sobre sí mismo. Cada uno de nosotros va a reflejar sus orígenes a su modo particular en casa. Recuerdo que en la telenovela la familia italiana retratada era muy pobre y siempre comían polenta. Hasta que un día, por alguna razón, pudieron regalarse un banquete especial y lo hicieron con “pastasciutta” (un buen plato de pasta con salsa, pues). Recuerdo especialmente ese episodio por la felicidad con la que hablaban de aquella comida y por la cercanía que eso me producía teniendo familia de orígenes italianos. Y recién ahora vengo a entender que nosotros somos un poco como esa gente, que cuando mi hija come arepas o yo preparo “aloz con pollito” (como ella lo llama) o nos reunimos con amigos para comer cachapas o asado negro estamos haciendo “pastasciutta”; estamos haciendo un ritual nostálgico que no queremos perder nunca porque eso es parte esencial de lo que somos.

Independientemente de nuestro país de origen, todos tenemos nuestra versión de “cuando yo llegué” y tal vez el tema se me alborota porque pronto se cumplirán dos años de “cuando yo llegué”. Me he puesto a pensar entonces en qué es distinto ahora o al menos en cómo veo yo las cosas con respecto a ese momento. Y me han dado ganas de contarles un poco eso, porque sé que algunos de ustedes están a punto de llegar, o llegando, o tienen en esto mucho más tiempo que nosotros y de alguna manera podrán verse reflejados (o no, y eso también importa) en estas palabras.

Cuando yo llegué era 8 de mayo de 2014. Veníamos de haber pasado casi dos meses en Florida (EEUU) y aterrizamos de tarde en YUL (la foto que ilustra este post la tomamos en el avión, justo antes de despegar). Yo estaba nerviosísima porque era “la encargada de hablar” en inmigración, en nombre de la familia (mi francés era mejor que el de mi esposo y yo había hecho la aplicación para nuestra residencia). Juraba que me iban a preguntar cosas que yo no sabía o iba a olvidar el poco francés que hablaba y que ya llegados a ese punto tan importante para nosotros nos iban a devolver porque yo no sabía cómo responder. Sí, da risa ahora, pero créeme que entonces el elefante que se retorcía en mi barriga no era de chiste. Me sentía como la boa de El Principito tratando de digerirlo mientras buscábamos el equipaje.

Tres maletas. Sí, ya te lo he contado antes, pero lo vuelvo a mencionar para que te imagines cómo se veía todo en ese momento. Nuestra vida se reducía a tres maletas y una entrevista que me aterrorizaba.

Nos pusimos en la fila de inmigración y vino el primer encuentro. Una funcionaria simpática que nos habló en español y nos dijo dónde teníamos que ir. El primer soplido de tranquilidad salió de mi boca mientras caminábamos por el pasillo, rumbo a la segunda entrevista. Otra vez el elefante hacía de las suyas en mis tripas y yo trataba de darme ánimo pensando que no podía ser tan malo, que la gente lo hacía una y otra vez.

Llegamos a esta taquilla y también nos tocó una funcionaria simpática, que nos preguntó si preferíamos hacer la entrevista en inglés. Ahí ya pude bajarle dos grados a los nervios y salir adelante. Al menos ya sabía que el inglés no se me iba a olvidar. Cuando terminamos esos trámites, vino la entrevista en francés con el gobierno de Québec, pero ya el elefante se había ido a jugar y yo me sentía dueña de mi estómago de nuevo.

Un amigo nos fue a buscar al aeropuerto. La sensación térmica ese día era como de dos grados y él estaba en t-shirt mientras yo me lamentaba de no haber metido otro “suetercito” en el equipaje de mano. El cielo era gris, la ciudad se veía oxidada y sucia y mientras recorríamos el camino del aeropuerto a la casa de los amigos que nos recibirían ,yo miraba por la ventana del carro y me preguntaba qué diablos habíamos hecho. Recuerdo algunas fotografías mentales de ese recorrido: El tráfico pesado de un día de semana a la hora punta en la autopista. El roído aviso de Salada. La estampa lejana del Oratoire Saint-Joseph. Los miles de “yeux de poule” que había que esquivar en las calles recién desocupadas por la nieve. Los árboles pelados y vetustos, que parecían parte de la decoración de una película de Tim Burton. ¿Qué hicimos?

Esa noche, nuestra anfitriona nos cocinó una rica cena japonesa, comimos en familia con los niñitos, mi hija descubrió el amor por ese arroz pegajoso tan rico que yo todavía no aprendo a hacer bien (pero debo, porque me encanta) y nos fuimos luego a dormir a un acogedor y calentito sofá cama en la habitación del sótano. ¿Qué hicimos?

Vinieron los días de diligencias y trámites, de seguir el checklist que te dan en el aeropuerto (muy valioso, por cierto), de escuchar las recomendaciones de los amigos que se contradecían (claro está) entre sí y pensar qué queríamos hacer nosotros, de buscar apartamento y de ver volar los ahorritos que tanto nos había costado reunir haciéndonos de las cosas indispensables para empezar de nuevo con una vida que ya creíamos más o menos establecida. Y con una nena pequeña que decidió dejar el pecho justo al segundo día de haber llegado. ¿Qué hicimos?

Vinieron los días de mejorar el francés (mi marido entró en la francisation, pero yo ya manejaba un nivel suficiente como para no tener que hacerla y además debía estar en casa con la chiquita), de tratar de entender cuánto cuestan aquí las cosas, qué es barato y qué no debemos comprar, dónde se compra cada cosa, cómo hacemos rendir el presupuesto. Vinieron los días de sentirnos mal (de llorar, no te lo niego) y también de buscar cómo cambiar eso. De no querer salir a tomarnos un café porque “no podemos estar gastando en eso” y preguntarnos cuándo sería posible disfrutar, al menos un poco, de todo lo que esta ciudad nos ofrecía. De extrañar lo que ya no teníamos tampoco allá (porque por algo nos habíamos ido), de preguntarnos ¿y ahora qué hago? Vinieron también los días de sacudirse el pesimismo y buscar ayuda.

Afortunadamente, encontramos cómo. Yo me puse a escribir este blog, sin saber mucho cómo ni por dónde quería empezar, ni qué quería decir. Me puse a investigar con qué recursos podía contar, a conocer gente, a pensar. Encontramos así algunos caminos por dónde meternos y aquí estamos.
Hace ya casi dos años de ese “cuando yo llegué”. Y aunque no todo lo que hemos encontrado ha sido como lo imaginábamos y aunque en muchos sentidos nuestra vida acá es absolutamente distinta a la vida que teníamos antes, sigo creyendo que tomamos la decisión correcta.

Han pasado dos inviernos, algunos empleos de corta duración, proyectos que no calaron, costumbres que ya nos quitamos, mitos que se nos cayeron solos. Ha pasado poco y también mucho tiempo, porque creo que en la vida de un inmigrante el tiempo es una cosa elástica y no lineal, y uno lo va manejando de maneras muy distintas según la estación y la emoción de turno. Han pasado muchas palabras en una lengua que todavía no manejamos como quisiéramos y nuevas apreciaciones sobre culturas que hasta hace no mucho nos eran bastante ajenas. Hemos visto el agua, el hielo, la nieve y el verglas. Y aquí estamos.

Cuando yo llegué no tenía nada claro. Hoy tampoco lo tengo. No sé, francamente, si algún día lo tendré.

Me aferro a lo que tengo porque me ha costado y también porque considero que he tenido suerte en conseguirlo. Me aferro a lo que voy encontrando que me gusta, como ese café lindo que abrieron cerca de mi casa, los pasteles de nata que probé en un lugar del Viejo Montreal, la gente interesantísima que voy conociendo, los planes y proyectos que invento cada semana. Me aferro también a la esperanza de que dentro de unos años, ojalá no muchos, mi vida será muy distinta a como era cuando yo llegué. Para mejor, claro.

Me preparo para recibir otra primavera, la tercera aquí, en compañía de mi familia, mis amigos y esas nuevas personas que ahora son parte importantísima de mi vida. Abrazo otro año de vida. Y sí, me pongo a planificar la próxima “pastasciutta” a la venezolana. Porque la vida de un inmigrante está hecha de eso. De lo que eras cuando llegaste y de lo que has ganado (y también perdido) en el camino hasta este día.

Te deseo un feliz día del “cuando yo llegué”. Y que tu fórmula, sea la que sea que te has inventado, funcione.

Que la fuerza te acompañe.

Fuente: http://mamaenmontreal.com/2016/05/cuandollegasalnuevopais/

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