Los cuatro pilares de la estabilidad: cómo mudarse sin morir en el intento

Estos últimos años he tenido la suerte de conocer decenas de países y ciudades diferentes. Por algunas sólo he estado de paso, mientras que en otras he vivido durante semanas e incluso meses. A base de cambiar tanto de “casa”, he desarrollado la habilidad de adaptarme rápidamente a cualquier lugar. Sin embargo, no siempre fue así.
Por Angel Alegre



Poca gente lo sabe, pero cuando salí de casa por primera y me fui a vivir a Seattle lo pasé muy mal. Fueron unos meses muy duros en los que me sentí triste y aislado. Hoy quiero compartir contigo esa historia y las lecciones que aprendí en ese periodo de mi vida.

Mi primera experiencias fuera de casa

Nací en Cáceres, una ciudad de 95.000 habitantes situada al oeste de España, y hasta los 21 años viví allí en casa de mis padres.

Todo era muy fácil durante aquella época: me hacían la comida, me lavaban la ropa, mis amigos del instituto se convertían en compañeros de universidad… Mi única preocupación eran los estudios, que afortunadamente se me daban bastante bien.

En 5º de carrera me fui a estudiar 9 meses a Albuquerque, Estados Unidos, con una beca. Era la primera vez que dejaba el nido, pero no para irme a la aventura sino a un entorno amigable. Mis padres cubrían todos mis gastos, vivía en una residencia universitaria y, aunque al principio comunicarme en inglés me costaba un poco, la organización de estudiantes internacionales hacía eventos todas las semanas y era muy fácil conocer gente. Digamos que pude dedicarme a disfrutar más que a sobrevivir.

Pero el año siguiente fue muy diferente. Microsoft me hizo una oferta de trabajo y me marché a Seattle sólo con billete de ida y por un periodo de tiempo indefinido. Esta vez no me iba de cachondeo con otros universitarios, sino a empezar de cero en una ciudad desconocida.

El día en que toqué fondo

Mudarme a Seattle a los 22 años significó adentrarme en lo desconocido. Pasar de sentirme cómodo y en control a moverme en la incertidumbre.

Los pilares sobre los que había edificado mi vida se habían desplomado de un día para otro, y todo a mi alrededor se tambaleaba. De pronto hasta lo más trivial resultaba complicado.

No conocía la ciudad. No sabía dónde ir a comprar el pan, ni cuáles eran los mejores restaurantes, ni a dónde narices iba la línea 9 de autobús.

Mi único amigo era Amadeo, un chico de Valladolid con el que compartía piso. Con los compañeros de trabajo me llevaba muy bien, pero estaban en otra onda. Tenían 40 años, familia e hijos, y en cuanto salían de la oficina se iba a su casa, no a la fiesta de la primavera.

Cuando yo llegaba a mi casa no sabía qué hacer. Me quedaba en el sofá jugando al Fallout 3 en la XBox o me iba con Amadeo a cenar a algún restaurante y echar unas cervezas. Los fines de semana nos emborrachábamos como animales.

Poco a poco esta situación empezó a pasarme factura. Gané 10 kilos y cada día que pasaba me sentía peor, tanto física como anímicamente. Estaba triste, desanimado y sin ganas de hacer nada. Además, como era pleno invierno el cielo siempre estaba nublado y anochecía a las 4 de la tarde. Iba cuesta abajo y sin frenos, camino de una depresión, hasta que el universo me dio un toque de atención en forma de ataque de asma durante un partido de racquetball.

Ese fue el día que empecé a reconstruir mi vida.

Los cuatro pilares de la estabilidad

Al igual que un edificio, tu vida se sostiene sobre cuatro grandes pilares: dinero, relaciones, vivienda y salud. Cuando estos pilares son fuertes y están bien construidos, puedes centrarte en otras cosas como empezar un negocio online, aprender otro idioma o disfrutar de tus hobbies. Pero en el momento en que falla alguno de ellos, todo lo demás empieza a resentirse.

Hacer un gran cambio, como mudarte a otro país, supone inevitablemente un fuerte golpe a estos cuatro pilares. Por eso, si quieres sobrevivir, tienes que ponerte el mono de trabajo y arreglar los desperfectos antes de que sea demasiado tarde y el techo se te caiga encima.

Veamos en más detalle en qué consiste cada uno de ellos.

1. Dinero

Tener una cierta estabilidad económica debería ser siempre tu prioridad, ya que es muy jodido hacer cualquier cosa si ves que tu cuenta bancaria está bajo mínimos y no sabes si vas a ser capaz de llegar a fin de mes. Estar mal de dinero te obliga a tomar malas decisiones, y eso es lo peor que puedes hacer en este momento.

Lo ideal cuando te cambias de ciudad es hacerlo con trabajo, o a sabiendas de que vas a encontrar algo rápidamente. Si no, intenta al menos tener unos buenos ahorros que te permitan vivir sin agobios los días que necesites para conseguir un curro.

El tamaño del colchón depende de tu tolerancia al riesgo: hay personas que cuando ven que el dinero que tanto les ha costado ahorrar va desapareciendo se ponen muy nerviosas y no pueden pensar en otra cosa, mientras que otras se sienten cómodas (e incluso motivadas) viviendo en el filo del alambre. Yo llegué a Seattle con un puesto de trabajo fijo y un buen sueldo. De no haber sido así no sé qué hubiese sido de mí…

2. Relaciones 

Lo más normal cuando te mudas a un nuevo país es no conocer a nadie. Quizá te han puesto en contacto con un amigo de un amigo de un amigo, pero nada que ver con tus colegas de toda la vida. Esto te deja en una situación muy delicada porque, aunque seas como yo y te guste viajar solo, todos necesitamos compañía.

Si no tienes a nadie, corres el riesgo de aislarte y desconectarte del mundo, lo cual acabará dando lugar a una profunda sensación de vacío.

¡Ojo con estar todo el día hablando con tu familia o con los colegas de tu ciudad de origen vía teléfono/Skype/Whatsapp! Aunque en ese momento haga que te sientas mejor, en el fondo es un error, porque ahora tu vida está aquí y sólo estás posponiendo lo inevitable.

Lo que tienes que hacer es ser proactivo, dejar la vergüenza a un lado y esforzarte para hacer nuevas amistades. Por suerte, ahora gracias a Internet es bastante fácil. En este fantástico artículo de Pau tienes un montón de ideas y herramientas para conocer gente nueva.

3. Salud

La salud siempre es importante, pero si estás atravesando una época de inestabilidad todavía lo es más. Cuando tienes pocos amigos, acabas de llegar a un lugar desconocido y todo en tu vida ha cambiado es muy fácil bloquearse o incluso deprimirse, y por eso es fundamental estar al 100% físicamente.

Comer bien, dormir suficiente y hacer ejercicio de manera regular mantendrán tu cuerpo y tu cabeza sanos, y te darán el ánimo y la energía que necesitas para afrontar los cambios con buena cara.

A mí lo que mejor me funciona es hacer pesas. No sólo me da un buen chute de endorfinas, sino que ver que voy progresando día a día me anima mucho, pero si el gimnasio no es lo tuyo hacer algún deporte o salir a correr también son buenas alternativas.

Es importante tener especial cuidado con el alcohol. Es fácil darse a la bebida cuando estás mal, pero sólo conseguirás levantarte peor al día siguiente. Mejor deja las fiestas locas y las borracheras para cuando estés completamente establecido en tu nueva ciudad :)

4. Vivienda

La casa donde vives es tu castillo, tu refugio. Es donde vas a dormir todas las noches y pasar muchas horas a la semana. Hay gente que aguanta semanas haciendo Couch Surfing o viviendo en un albergue sin ningún problema. Otros necesitan su propio apartamento. También hay quien prefiere vivir solo y quien prefiere vivir con gente.

En cualquier caso, lo importante es que tú te sientas cómodo y que cuando estés allí puedas relajarte y descansar. Si no estás a gusto, vas a estar estresado y te va a resultar difícil concentrarte en todo lo demás.

Considero especialmente importante dónde vives. Piensa en las tareas que vas a hacer regularmente y busca algo que esté:

  • Cerca de tu lugar de trabajo
  • Cerca de un supermercado (o en su defecto, de algún restaurante sano y barato)
  • Cerca de un gimnasio o parque para salir a correr
  • Vivir en casa bien situada con las personas adecuadas, te ahorrará decenas de horas a la semana y te facilitará mucho la vida.

He comprobado una y otra vez que si vives cerca de un gimnasio/polideportivo y tus compis de piso son majos y deportistas, todo es mil veces más fácil.

Cómo salí del pozo y conseguí ser feliz en Seattle

Después del episodio del racquetball, empecé a trabajar en los cuatro pilares de mi vida empezando por la salud. Sabía que necesitaba sentirme bien y con energías para poder hacer todo lo que tenía que hacer.

Me apunté al gimnasio y empecé a levantar pesas 3 días a la semana. Mejoré mi dieta y dejé de comer fuera; en el trabajo me pedía siempre mi famoso sándwich y por las noches cocinaba pollo o pescado a la plancha con una ensalada. Limité mis salidas nocturnas a los fines de semana. Y poco a poco fui notando los resultados, tanto por dentro como por fuera.

Con los ánimos renovados, empecé a hacer nuevos amigos. Como en el trabajo me iba a ser difícil encontrar el perfil que buscaba, me puse en contacto con la asociación de estudiantes de intercambio de la Universidad de Washington. Les dije que era nuevo en la ciudad y que si me podían informar de los eventos para estudiantes internacionales. Aunque ya no era estudiante, empecé a ir a sus viajes y fiestas y no tardé en hacer nuevos amigos de todas partes del mundo.

Junto con Amadeo, amueblé el apartamento que habíamos alquilado hasta convertirlo en un hogar. También me compré un coche, que me ayudó mucho para moverme por la ciudad sin depender de autobuses o de otras personas.

Y finalmente, D, un chico de Alicante que habíamos conocido nada más llegar a Seattle, se fue a vivir a Munich. Era una de estas personas súper-negativas. Siempre estaba quejándose del tiempo. Cuando íbamos a una fiesta nunca estaba contento; o la música era mala, o las chicas eran feas o no había suficiente bebida. Y cuando Amadeo y yo empezamos a ir al gimnasio, no paraba de repetirnos que eso no valía para nada y que estábamos perdiendo el tiempo.

Justo cuando se marchó D, conocimos a Marcos, un chaval asturiano que era todo lo contrario: optimista, divertido y que se apuntaba a cualquier plan encantado.

Este pequeño cambio en la “pandilla” marcó un antes y un después. Fue como jubilar a Raúl y fichar a Cristiano Ronaldo. Ahí fue cuando echamos a volar. De pronto empezamos a hacer más actividades, conocer más gente y disfrutar más de la ciudad.

Y el resto es historia...

Casi 9 meses después de llegar a Seattle, y después de reconstruir los pilares de nuestras vidas, POR FIN nos sentimos como en casa.

Hicimos un montón de nuevos amigos, organizamos barbacoas legendarias en nuestro rooftop, corrimos maratones, hicimos viajes, nos echamos novia y un largo etcétera. En definitiva: fuimos felices.

Adaptarse no es difícil (si sabes cómo)

Desde que dejé Seattle he vivido como un nómada, saltando de ciudad y ciudad, y siempre que me he mudado a otro lugar he aplicado el concepto de los 4 pilares de la estabilidad con muy buenos resultados.

Hace un mes, por ejemplo, me mudé a Madrid y apenas tardé un par de días en adaptarme. Así fue como lo hice:

  • Vivienda. Le alquilé una habitación a un amigo con el que me llevo genial. Está en un residencial muy tranquilo, con gimnasio y a 10 minutos andando de un supermercado. No estoy en el centro, pero tampoco mal comunicado.
  • Trabajo. Curro desde casa. Estoy solo desde las 7:30 hasta las 18:00, así que no tengo distracciones y puedo concentrarme en las tareas del día.
  • Salud. Me acuesto antes de las 12 y me levanto a las 7:30. Hago el programa Desencadenado 4 veces por semana, y a veces voy a jugar al squash. Practico el ayuno intermitente y durante la semana cocino en casa.
  • Relaciones. Tengo muy buena relación con mi compi de piso. Además, en Madrid están mi primo y mi hermano, y conozco a mucha más gente. Casi todas las tardes después de trabajar quedo con alguien.

A veces lleva más tiempo. Otras veces menos. Siempre hay días malos. Pero si te centras en construir unos pilares sólidos que sostengan tu vida, todo irá bien.

Fuente: http://viviralmaximo.net/cambiar-ciudad/

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