“Un país que trata mal a sus inmigrantes es un país que trata mal a su propio pueblo”

Tomás Hirsch, líder del Partido Humanista de Chile, fue invitado para participar como conferencista en el VII Foro Social Mundial de las Migraciones en Sao Paulo. Su historia personal esta intrínsecamente conectada a la historia de la inmigración. De origen judío, sus antepasados nacidos en Alemania pudieron migrar para Chile en 1939. Su padre, que había sido llevado a un campo de trabajos forzados, logró huir para Holanda, donde le fue concedida una visa para Chile. Su madre estudiaba en Israel cuando supo que su familia migraría para Chile y decidió juntarse con ellos en Sudamérica. Se conocieron en tierras chilenas. 
Por Aline Vessoni (Equipo de Base Warmis – Convergencia de las Culturas).


Tomás Hirsch 

“Mis padres se conocieron en Chile y en poco tiempo se casaron, en 1950. Y como todo inmigrante de esa época, tuvieron una vida muy dura, de muchos sacrificios para lograr educar a los hijos”, relata.

El padre de Tomás pudo escapar del régimen nazi, pero sus abuelos no tuvieron la misma suerte. “Mi padre vivió siempre con ese peso de haber perdido a sus padres en un campo de concentración. Eso lo transformó en un hombre callado, reservado. Nunca nos contó sobre su infancia y juventud en Alemania. Nunca vimos una foto de esa época. Aún así, él nunca nos inflamó el odio contra los nazis, ni contra nadie. Él pensaba que debíamos conocer la historia, pero no odiar; es necesario conocer y recordar para no repetir”, afirma.

Esa filosofía de vida de sus padres tuvo gran influencia en la militancia política de Tomás, pues eso despertó en él un sentimiento de comprometerse contra cualquier tipo de discriminación, injusticia y violencia. La familia tenía el hábito de recibir muchos amigos y el intercambio de ideas, las discusiones políticas, eran abiertas a los hijos también. Según cuenta Tomás, esa era la época de la Unidad Popular, Salvador Allende estaba en la presidencia y era casi un deber de ciudadano estar comprometido con los problemas sociales de la época. “Era 1971 y me acuerdo muy bien que a los 15 años, como tantos otros jóvenes, sentí una profunda rebeldía al verme enfrentado a un mundo tan injusto y violento. En ese momento asumí una especie de propósito para mi vida, dedicarme a intentar construir un mundo más justo y más humano”, recuerda.

Su participación activa en movimientos sociales durante la Dictadura Militar Chilena culminó en la fundación del Partido Humanista, en 1984. “En plena dictadura, era evidente que necesitábamos de un instrumento político que nos ayudara a luchar por la vuelta de la democracia”. Y, de esa forma, nació el Partido Humanista, un partido que considera que la democracia que vivimos hoy en día es una democracia formal, no real. Es decir, como ciudadanos somos obligados a votar (existe la obligación del voto hasta el día de hoy en algunos países, como Brasil) y no decidimos nada. 

“Considero que el gran desafío y objetivo es construir una democracia directa, en que las decisiones sean tomadas por el pueblo y no por sus representantes […]. Una democracia directa debe tener plebiscitos, consultas populares, iniciativas populares, revocación de mandato, ley de responsabilidad política, etc. Debe priorizar toda forma de desconcentración de poder, sea este de orden político, económico, geográfico, cultural o religioso”.

La humanización de las relaciones migratorias

Uno de los principios más simbólicos del Partido Humanista es el de la no violencia. Cuando hablamos de violencia nos referimos a aquella que existe en el cotidiano de las minorías que no tiene voz, que no tienen sus derechos respetados, no tienen acceso a salud básica, educación y no tienen siquiera el derecho de cruzar fronteras en busca del sueño de una vida mejor. Tomar la decisión de emigrar de su país no es fácil, principalmente cuando se está en busca de mejores condiciones socioeconómicas para toda la familia.

Para Tomás no existe diferencia entre migrantes que deciden ir a países más ricos o que van apenas a países un poco más desarrollados. La motivación que los hace emigrar está relacionada con la violencia, sea esta económica, física o religiosa. “Todos los inmigrantes quedan ilusionados con la posibilidad de encontrar un futuro mejor. Esa esperanza está presente en todos los que se lanzan a recorrer el mundo en busca de un nuevo destino”, comenta.

Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, la realidad no tiene nada que ver con aquello que imaginaban. Es difícil adaptarse a nuevas reglas, por eso ellos se sienten, muchas veces, desconectados de sus raíces culturales y de las nuevas. En ese escenario es bastante común la formación de guetos.

La forma como se dan los procesos migratorios en la actualidad, con tantas barreras y cercenamiento, no viene sino para certificarnos que el ser humano dejó hace mucho de ser considerado pieza central en las sociedades contemporáneas. “[La inmigración] aparece como una expresión de un mundo violento y profundamente hostil e inhumano. La inmigración deja evidente que en este sistema el ser humano no es prioridad, no es el valor central. Solamente nos recuerda que antes del ser humano está el dinero, la religión, la patria”.

La única solución viable, en la opinión de Tomás, es tener fronteras abiertas para que las personas puedan ir y venir, ya que, como recuerda, la circulación del capital financiero es libre y, en segundos, está en otro país. Mientras eso, las personas son impedidas de cruzar fronteras y para hacer eso necesitan pagar, humillarse o atravesar clandestinamente, arriesgando sus propias vidas.

“Una buena política de inmigración es la misma buena política que se debe tener con el propio pueblo. No debe haber diferencias de derechos entre nativos e inmigrantes. Un país que trata mal a sus inmigrantes es un país que trata mal a su propio pueblo”, concluye.

Traducción Andrea Carabantes (Equipo de Base Warmis – Convergencia de las Culturas)

Fuente: http://www.pressenza.com/es/2016/06/un-pais-que-trata-mal-sus-inmigrantes-es-un-pais-que-trata-mal-su-propio-pueblo/

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