El sueño de emigrar produce monstruos

Uno de los primeros monstruos que enfrenta un inmigrante recién llegado es el de “se acaban los ahorros”. Lo cuento porque sé que los latinoamericanos pensamos que hablar de plata es de mala educación. Tenemos una serie de tabúes en torno al dinero y uno de ellos es que uno nunca dice ni cuánto gana ni cuánto le cuesta vivir ni, muchísimo menos, si está apretado.
Por Cynthia Rodríguez. Tomado del blog http://mamaenmontreal.com/


Los humanos, los adultos sobre todo, creamos nuestros propios monstruos

Emigrar es enfrentarse a lo desconocido. Por mucho que sepas del nuevo lugar al que te vas a vivir, el temor de cómo serán realmente las cosas siempre está ahí. Porque cuando uno deja todo lo conocido atrás, la única certeza que uno tiene a mano es que no hay ninguna manera de tener certeza alguna.

El fin de semana pasado estábamos visitando a unos amigos y mi hija se puso a jugar con uno de sus “juguetes” favoritos en esa casa: unos posavasos de Game of Thrones en los que se ven los escudos heráldicos de las casas que protagonizan la serie. En un momento dado, tomó uno de los cuadros y me preguntó: “¿qué es esto, mamá?”. Yo hice lo que muchas veces hago y le pregunté entonces a ella: “Mmmmm, ¿qué crees tú que es eso?”. Y, por supuesto, sus respuestas fueron buenísimas:

El ciervo de la casa Baratheon: “Un reno” (como los de Santa, claro).
El león de la casa Lannyster: “Un motro”.
El lobo de los Stark: “Un motro”.
El dragón de varias cabezas de los Targaryen: “Otro motro también”.

Mi hija acaba de descubrir esa joya de la literatura ilustrada que es Where the Wild Things Are, lo que puede explicar muchas cosas. Pero más allá de la ternura que me produjo el episodio, me hizo pensar en cómo esas figuras que ella no entiende muy bien, llenas de diente y garra, entran todas en la categoría de monstruo. Porque los monstruos, en su concepto más básico, son lo desconocido, lo que uno no entiende bien y no sabe por dónde agarrar.

Evoqué este episodio hace poco cuando un amigo escritor me pedía consejos sobre cómo enfrentar las inseguridades que a menudo lo frenan para atreverse a emprender ciertas acciones con sus libros. Yo le decía que mi hija, ya a su tierna edad, ve monstruos en todos lados y que nosotros no hemos dejado de hacerlo. Y desde entonces no he dejado de pensar en eso.

Los humanos, los adultos sobre todo, creamos nuestros propios monstruos y además nos los hacemos prêt-à-porter. Tenemos esa manía que, como se ve, nos empieza bien temprano. Y aunque a la edad de mi hija la cosa es tierna y al menos aquí en casa tratamos de hacerle ver que los monstruos no son necesariamente malos ni hay que tenerles siempre miedo, uno es consciente de que el temor a lo desconocido es un tema con el que hay que aprender a convivir.

Para mí como mamá, el monstruo de “lo que podría pasar” es uno de los más temidos. Es el monstruo al que tengo que mandar a callar con frecuencia para poder dejar que mi hija explore, se aventure, aprenda, descubra. Crezca.

Como mujer, el monstruo de “lo que no puedo hacer” es al que me enfrento con rabia, al que intento clavarle una lanza en el estómago cuando me siento débil, al que le grito cuando veo una injusticia de las muchas que se cometen en el mundo contra nuestro género, al que le digo “apártate” mientras intento criar a mi hija como una mujer fuerte e independiente.

Y entonces pienso, como inmigrante… ¿Cuál será mi más grande monstruo como inmigrante? Bueno, creo que ahora mismo tengo varios, y que esos monstruos puede que cambien con el tiempo. O no. Aún es muy pronto para saberlo.

Uno de los primeros monstruos que enfrenta un inmigrante recién llegado es el de “se acaban los ahorros”. Lo cuento porque sé que los latinoamericanos pensamos que hablar de plata es de mala educación. Tenemos una serie de tabúes en torno al dinero y uno de ellos es que uno nunca dice ni cuánto gana ni cuánto le cuesta vivir ni, muchísimo menos, si está apretado. Pero como la idea de compartir con ustedes esta experiencia es la de ser lo más sincera posible y siempre tratar de que lo que les cuento les sirva para algo, de una vez les digo que sí, que ése monstruo se te aparece casi que en la pasarela que va del avión al terminal del aeropuerto y que sólo se va el día en que en efecto se hace realidad su profecía. Los ahorros que uno se trajo, que le costó tanto reunir, con los que uno esperaría hacer siempre un poco más, se esfuman en muy poco tiempo.

Y esto suena horrible, pero no lo digo con la idea de desanimarlos, sino todo lo contrario. Quienes ya llevan algún tiempo en esto coincidirán conmigo en que si bien los ahorros se terminan, uno de alguna manera logra salir adelante. Quienes todavía no se montan en el avión me leerán con terror, pero lo que quiero decirles es precisamente que sí, que lo van a lograr aun cuando los ahorros no les rindan como ustedes pensaban. Que de una manera que a veces es difícil de explicar, uno va haciendo un día más, una semana más, un mes más y cuando te das cuenta, un año y así. No se dejen morder por este monstruo, sobre todo no antes de iniciar el camino. Créanme cuando les digo que, de algún modo, uno lo vence.

Está el monstruo de “lo que dejaste”, ése que te enseña a menudo espejismos sobre cómo podría ser tu vida si no te hubieras ido del país de donde te fuiste. Aquí están la casa, la vida de allá, la carrera. Uff, la carrera… Esa probablemente sea una de las partes más difíciles de manejar.

También forman parte de este monstruo la familia, los amigos y hasta la comida. Ese territorio de afectos que, por más que uno luche por mantener cerca todo lo posible, de vez en cuando se te revuelve y te hace sentir una nostalgia que puede variar de intensidad dependiendo de muchos factores. Este monstruo te hace a menudo creer que has destruido todos los puentes, aun cuando no necesariamente sea así. Es una bestia de cuidado, a la que hay que estar vigilando de cerca y  hay que tratar de manejar. Creo que una buena manera de hacerlo es haciendo de esa nostalgia algo productivo, como ya he contado antes por aquí.

Luego está el monstruo de “lo que te va a costar haberte venido”. Es el precio que se supone debo pagar por haber tomado las decisiones que tomé. Los sacrificios que debo afrontar, las inconformidades con las que debo lidiar, las limitaciones, pero sobre todo esa cuesta arriba que uno tiene enfrente desde que llega y que yo francamente no sé si en algún momento uno llega a remontar.

Este monstruo te dice a menudo cómo aquí no eres nadie y te va a costar mucho ser alguien otra vez. Te puede llegar a decir incluso que nunca vas a lograrlo y que tú te buscaste todas las dificultades que estás enfrentando ahora. A este monstruo suelo decirle, “bueno, vale. Pero hagamos algo, definamos qué es “ser alguien”, ¿te parece?”. Porque si siempre nos estamos comparando con quienes éramos antes de venir aquí, no sé qué tanta justicia le estamos haciendo al haber hecho todo lo que hicimos para estar aquí y ahora. Ah, otra cosa: Este monstruo es especialmente cruel en lo que al aprendizaje del idioma y la adaptación al clima se refiere.

Está también el monstruo de “nunca será igual” y bueno, ése probablemente sea el más fácil de combatir porque, si quisiéramos que todo fuera igual, ¿para qué meterse en este berenjenal que implica vivir en otra parte? Con lo bueno, lo regular y hasta lo malo, era un cambio lo que queríamos en primer lugar, así que si nada será nunca igual, pues al menos ya hemos logrado una parte de lo que nos planteamos al dejar nuestros países. Así que cuando este monstruo ataque, hay que responderle con un: “Ehhh, pos claro”.

Estos son sólo algunos, los primeros que me vienen a la cabeza y los que he visto hasta ahora. Llevo menos de dos años en esta experiencia y sé que los monstruos irán y vendrán. Que algunos cambiarán de aspecto, que otros serán vencidos, que algunos nuevos llegarán con el tiempo. Pero no me queda más que plantarme. Como un San Jorge frente a su dragón, con mi lanza en la mano y la cabeza lo más despejada que pueda. Con mis altos y mis bajos. Si ya hice este camino de ida, lo que queda ahora es mantenerse y entrenarse para combatir a todos los monstruos que haga falta.

A veces la vida te pone ciertas metáforas a disposición para que veas algo que no estabas viendo. Y claro, cuando uno se la pasa buscándole la quinta pata al gato, como hago yo a menudo, uno ve “señales” e “imágenes” en todos lados. Porque bueno, si no uno se queda sin material para escribir, y estos posts no se hacen solos, ¿no?

Voy a seguir pensando en los monstruos para seguir contándoles de ellos. Porque creo que, si más de uno ve el mismo monstruo a la cara es innegable que está allí y eso aunque dé miedo también nos hace de alguna manera sentirnos acompañados, sentir que nos estamos solos luchando contra la bestia y que, si otros lo han logrado, nosotros también podremos hacerlo. Que el hecho de que existan los monstruos no hace imposible la idea de que un día podremos vencerlos.

Ánimo. Esos monstruos que vemos hacen parte de nosotros mismos y de nuestras historias. Y vencerlos nos hará crecer. (Esto se los escribo a ustedes y, como me pasa a menudo, me lo escribo también a mí misma).

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