Venezuela, uno no termina de irse nunca

A veces el tiempo filtra en los recuerdos distantes el reflejo de los sueños, y muchas veces vivimos como atravesando un mar de escenas oníricas, al punto de ver atrás y pensar que es “increíble” aquello que hemos vivido. 
Por Humberto Medina 

Fuente: Hispanophone
http://hispanophone.ca/2018/04/21/venezuela-uno-no-termina-de-irse-nunca/

Migración de aves. Foto, Creative Commons Zero - CC0.

Las Memorias de un venezolano de la decadencia (1927) de José Rafael Pocaterra (1899-1955) son un documento testimonial del ambiente político represivo de la Venezuela de comienzos del s. XX en las que no se asume la postura fría del analista ni del investigador político, sino la del protagonista. El libro es la narración minuciosa de quien sabe dejarse impresionar en la memoria y en el cuerpo la experiencia de la cárcel y de la lucha política en las condiciones más adversas.

Muchos grandes nombres de la narrativa venezolana, como Gallegos o Teresa de la Parra, han terminado sus días en otras tierras por diferentes razones. La experiencia de la migración y el exilio no es nueva, el caso de Pocaterra es uno de exilio político. Él se enfrentó, a principios del s. XX, a las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Estuvo preso en la cárcel de La Rotunda y desde el exilio en Montreal le dio forma a sus Memorias… (1927). Memorias contundentes que, según la lectura de Jesús Sanoja Hernández (Biblioteca Ayacucho: 1990), se encuentran despojadas del “temblor poético” y de la “desgarradura existencial” para dedicarse minuciosamente al relato concreto, a la transmisión de la experiencia de la cárcel y la tortura en su más humana dimensión. “Todo con su fecha, todo con su nombre, todo con su sitio, sin un cuándo, sin un quién y sin ningún dónde que permanezca en la oscuridad. Su tarea consistió, precisamente, en revelarlo todo entre el final del siglo XIX y el final del gomecismo”. El trabajo de la memoria, cuando toma la forma de la escritura, tiene una textura particular. En ella sentimos la conexión entre la historia impresa en las palabras y la materialidad de la voz y el cuerpo que son parte de esa historia, conjugándose, voz y narración, para transmitir una experiencia.

En un fragmento de las Memorias, Pocaterra relata cómo a su celda llegan los ruidos de una celebración de Año Nuevo y, entre la nostalgia y la reflexión política, refiere este pequeño momento: “Al otro día… el mismo pensamiento bajo la misma piedra. Un factor alterado en la cifra del año. El amor cada vez más grande por una Libertad que no se detiene sobre nuestro dolor. Y nuestros ojos caen y quedan presos entre las letras angulosas, deformes, trazadas por una mano inexperta con un pedazo de escayola sobre el muro limoso del fondo: ‘entré a este calavoso el día 7 de gunio de 1898…’ Hace nueve años que un pobre hijo del pueblo estuvo encerrado aquí, un venezolano ignorado que quizás murió dentro de estas paredes”.

Esa breve frase en el muro de una celda no es diferente, en esencia, a las memorias de Pocaterra. Es el impulso de un preso, anónimo para nosotros y para el propio escritor, que desde la celda quiere marcar su presencia, su paso por allí. Es un avatar de su propio cuerpo. Es encapsular en unas pocas palabras una presencia borrada en el flujo del tiempo. Pocaterra ve en esa frase una presencia no solo de un preso, sino de una repetición: él mismo en la celda se ve allí reflejado y piensa que él no es más que una reiteración en el destino terrible de una Nación atrapada en la barbarie de una dictadura. Ese preso anónimo logra mantenerse latente aún hoy gracias al camino abierto por la escritura y el registro de las Memorias de Pocaterra.


Beatriz Sarlo en el ensayo “Crítica del testimonio: sujeto y experiencia” que aparece en Tiempo pasado (Siglo XXI: 2005), escribe: “No hay testimonio sin experiencia, pero tampoco hay experiencia sin narración: el lenguaje libera lo mudo de la experiencia, la redime de su inmediatez o de su olvido y la convierte en lo comunicable, es decir, en lo común.”  La necesidad de contar una historia en buena medida proviene del peso de una experiencia que nos empuja a querer compartirla con otros. En muchos casos es el trauma, las dificultades, las transiciones o transformaciones lo que nos lleva a querer ordenar esa avalancha caótica, mezcla de recuerdos y sensaciones, en algo que debe ser contado. De experiencias como el exilio, forzado o no, y la migración, planificada o urgente, surge la oportunidad de comunicar las particularidades de estos viajes muchas veces traumáticos, pero también de descubrimiento de nosotros mismos y de un nuevo territorio, que cada vez más venezolanos hemos tenido que atravesar.

Décadas después de la experiencia de Pocaterra, el soporte material puede haber cambiado (aunque no podemos descartar esas mismas marcas en los calabozos del Helicoide, por donde han pasado tantos venezolanos apresados por la dictadura actual), y para el venezolano que emigra el impulso de dejar una marca de su experiencia se desborda en una cantidad inmensa de textos que día a día circulan en las redes sociales. Porque si históricamente el exilio ha sido el registro de algunas figuras históricas que han tenido que enfrentarse a la situación de abandonar el país por causas políticas, hoy en día hablamos de la migración masiva de miles de venezolanos que cruzan la frontera de manera precaria para tratar de llegar a un destino que le permita un mínimo de seguridad y calidad de vida. Según cifras de ACNUR (citado por el Diario El Nacional de Venezuela) la solicitud de asilo para venezolanos ha saltado de un poco más de 25.000 en 2016 a más de 100.000 en 2017. Cómo podemos entender las experiencias de este tipo de migración producto de la crisis de un país si no es a través de las palabras y relatos de aquellos que necesitan ordenar el deslave histórico que llevamos a cuestas.

Rafael Osío Cabrices, periodista y escritor venezolano residenciado en Montreal desde el 2014, comenta en un artículo publicado en el portal Vértice la manera en que ha enfrentado el hecho de encontrarse, de un momento a otro, en una tierra extraña en donde el pasado parece no influir mucho en las posibilidades del futuro. Ese es uno de los retos de la migración, sentirse otra vez al comienzo del camino. Osío Cabrices escribe: “Y mi mundo ha cambiado tanto que siento que debo reaprender a escribir para poder describir con precisión mi nueva realidad y el modo en que, desde aquí, puedo mirar la realidad que dejé atrás, o que creo haber dejado atrás, porque de Venezuela uno no termina de irse nunca, a causa no solo de las nostalgias, sino también de los dolores, las angustias y hasta los odios.” Creer haber dejado atrás un país que no termina de irse nunca es una frase poderosa que refleja precisamente la manera en que la historia personal y colectiva acuña la mirada del migrante. Como en una disolvencia cinematográfica, las imágenes de nuestro país aparecen fantasmales detrás de la realidad del presente.

Nos enfrentamos a la tarea de reescribir aquello que creíamos que ya estaba escrito porque, en el caso de Venezuela, ocurre un fenómeno que creo ha afectado a todos los venezolanos: tener que creer lo que era imposible de creer. Aceptar la transformación total de un país que por muchos años dábamos por sentado y creíamos estable. Lo que vive hoy el país habría sido una pesadilla distópica para el venezolano de los setenta y ochenta. Sin embargo, es nuestra realidad. Una transformación tan radical en la estructura institucional, política y social del país, cuyo resultado ha sido su destrucción, que la sensación de extrañamiento ocurre aún en quienes viven en Venezuela. Ese es uno de los aspectos que la crónica y la escritura también pueden ofrecer al venezolano que aún se encuentra en el país: ¿cómo doy cuenta del caos en el que estoy sumergido? En este sentido, el trabajo publicado en el portal La vida de nos por sus editores, la periodista Albor Rodríguez y el escritor Héctor Torres -ambos en Venezuela- es importante para levantar con palabras un mapa de la realidad venezolana.

Es un mapa, además, que se extiende como una red de caminos sin centro que permite entender que la experiencia de vivir en Venezuela tiene muchos más matices de los que las noticias de medios más convencionales nos ofrecen. En La vida de nos se publican crónicas de experiencias e historias que se construyen bajo el ojo editorial de ambos escritores, Rodríguez y Torres, pero que recogen la voz de diferentes personas que se dan a la tarea de hacer un registro de la “muda”, y a veces caótica, experiencia individual. Me voy a referir a dos textos solo como un breve ejemplo: “Un poder en la diáspora” es una crónica de Manuel Roa en la que se cuenta la historia del exilio de Elenis Rodríguez y otros jueces de la Corte Suprema de Justicia electos por la Asamblea Nacional de Venezuela. Estos magistrados, después de su elección, tuvieron que abandonar el país y hacer un recorrido desde la Embajada de Chile en Caracas, pasando por la frontera con Colombia, hasta llegar a Chile. Esta crónica es, por supuesto, un reflejo directo de la situación crítica que viven las instituciones en Venezuela, además de contar con el relato más personal del exilio de una de las magistradas. El segundo ejemplo es “El roble que llora como un sauce”. La crónica lleva la firma de Claudia Lizardo, hija de PTT Lizardo, líder de "La misma gente", grupo emblemático del rock venezolano. En ella Claudia hace una semblanza muy íntima y cercana de su papá, tanto en la música como en el ejercicio de su profesión de médico. En una primera instancia, nos cuenta su relación con la música, la de ambos, padre e hija, y luego, en un segundo momento, la manera en que la vida se trastoca como consecuencia de un accidente cerebro vascular que sufrió PTT.

Ambas crónicas nos muestran dos registros de la experiencia que difieren en muchas particularidades pero que realmente no son distantes entre sí, puesto que la crisis del país es un escenario que nos acoge a todos y, por ello, aún en la crónica íntima de Claudia Lizardo termina ella señalando que su papá, a pesar de todo sigue “tranquilo en medio del huracán que es Venezuela hoy, consciente de las maromas que debemos hacer para conseguirle las pastillas y preguntando por qué no hay café.” El asunto no es que la realidad (por hablar de la situación del país) “se cuele” en nuestros espacios íntimos, es que estos espacios están hechos de realidad, y la de Venezuela es particularmente agobiante.

En un ensayo titulado “Destino”, el escritor noruego Karl Ove Knausgaard se pregunta por qué escuchar a otros contar un sueño termina siendo, para él, una experiencia tan aburrida. Más aún, dice, usar el sueño como recurso narrativo en la ficción, si no se hace con cuidado, puede llegar a ser una salida fácil ante un dilema que un personaje debe enfrentar y resolver en la realidad de la historia. Knausaard se responde diciendo que, quizás, el motivo de su recelo sea la premisa misma del sueño: es una historia que no pasó en la realidad. Por mucho que la historia de un sueño pueda extenderse en enredados giros narrativos, no despierta ninguna intriga porque, al final, las imágenes provienen de un territorio en el que lo más absurdo es posible y en el fondo, toda esa historia es como un castillo fundado en el aire, desaparece con un soplido. Sin embargo, dice Knausgaard, si alguien cuenta una historia similar a la del sueño pero en vez de comenzar con “anoche tuve un sueño” comienza con la frase “escucha lo que me pasó ayer”, él enseguida se sentiría atraído por las posibilidades que una experiencia de vida puede imprimirle al relato.

A veces el tiempo filtra en los recuerdos distantes el reflejo de los sueños, y muchas veces vivimos como atravesando un mar de escenas oníricas, al punto de ver atrás y pensar que es “increíble” aquello que hemos vivido. Solo el registro, la foto, la frase en un post, el cuento que destila realidad, permite que retornemos a ellos reafirmando su estatus de hecho ocurrido y de experiencia vivida. Aún en la ficción de muchos escritores que hoy se encuentran fuera de Venezuela hay marcas de una condición histórica que ha cambiado de coordenadas. La sensación de estar cumpliendo un destino solo ocurre cuando vemos hacia atrás y vemos ya la historia escrita, los pasos recorridos, el país lejano. Hacia adelante está el vértigo de contornos difusos y la impresión de estar reeditando una duda, como la de Pocaterra viendo la marca del preso anónimo, la repetición de una dictadura, un largo viaje a otra tierra. Y la pregunta que nos acosa cada día: ¿es este el destino del país?

Fuente: http://hispanophone.ca/2018/04/21/venezuela-uno-no-termina-de-irse-nunca/

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