El que se fue

Extranjerizarse es un sentir dividido entre el disfrute por los logros en el nuevo país y la nostalgia, la preocupación y hasta culpa por los que dejan en Venezuela.
Por Leoncio Barrios, Contrapunto
http://bit.ly/2kLmAPV

Algunos tienen la esperanza de regresar cuando “el país mejore”.


Hasta principios de este siglo, venezolano que se iba al exterior, volvía. Muy pocos se quedaban. Venezuela era afecto, compromiso, entusiasmo, progreso casi seguro. Inclusive para extranjeros.

Pero con el avanzar del siglo millares de venezolanos se han ido y cada día crece la lista de espera para irse demasiado. Se van por la falta de oportunidades para progresar, la inseguridad reinante, no les gusta el gobierno, las dificultades cotidianas, por una cierta onda que da prestigio estar afuera y más. No es un imaginario, ni una desviación pequeño burguesa -como en otros tiempos se decía- son razones muy fuertes y dolorosas por las que se van.

Extranjerizarse es un sentir dividido entre el disfrute por los logros en el nuevo país y la nostalgia, la preocupación y hasta culpa por los que dejan en Venezuela.

Les entusiasma vivir en mejores condiciones. Sobre todo quienes tienen la posibilidad de obtener “los papeles” pero, “como están las cosas aquí, hasta ilegal podría estar uno mejor allá”. El asunto es que afuera, con todo lo que cueste emocionalmente, en poco tiempo y con igual o un poco más de esfuerzo, le ven el queso a la arepa que con esta emigración se ha hecho mundial.

Según se oye y se lee en las redes, algunos tienen la esperanza de regresar cuando “el país mejore”, inclusive si fuese ya. Otros, no pueden regresar, los exiliaron, o se autoexiliaron amañando expedientes. Hay quienes viven divididos entre el bienestar de la nueva vida y la añoranza por lo que dejaron y también quienes se desprenden afectivamente cada vez más. Los radicales reniegan del país y no piensan regresar jamás. También están los que se fueron a vivir en mejores condiciones sus últimos años y, muy posiblemente, tampoco volverán.

Ni en la Cuarta, ni en la Quinta se sembró petróleo, pero en la Quinta el país se hizo -a pesar de la promesa de la revolución bonita- un sembradío de tensiones y desesperanzas. Los jóvenes de los sectores populares redujeron la posibilidad de ascenso social y los de sectores con más capacidad económica vieron reducir desde sus posibilidades de rumba hasta las de progreso personal. Afuera, a pesar de lo duro, el mundo se les hace ancho y propio.

El éxodo, ante el cual el gobierno se hace el ciego y sordo, desangra al país literalmente. No es solo es que emigra el sector más productivo en cuanto a capacitación y fuerza de trabajo sino que se merma la relación entre los de la misma sangre: padres, hijos, hermanos, pasaron a relacionarse por medios fríos, Skype o W.A. La calidez familiar se perdió. Muchos abuelos y nietos desconocen el sabor de los amapuches, la ricura de los olores.

Así nos regañe Tito Rodríguez pero el que se fue sí hace falta y hace falta el que vendrá.

Sin embargo, el clima mental del país es tan negativo que quizás las cosas no cambien en años y un repatriado significativo se dé, si es que algún día llega a ser significativo.

Fuente: http://www.contrapunto.com/noticia/el-que-se-fue-116395/

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