La familia millonaria que rescata inmigrantes

Antes de los 30, Christopher Catrambone ya tenía más de 10 millones. Hoy, con 34 años, su gran riqueza es una vida de buen samaritano. Desde EEUU vino a Italia para dar con el origen de su apellido y en el camino halló una familia y a su 'Phoenix'.  Es el único barco en el mundo pagado por particulares que realiza operaciones de salvamento marítimo.
Por Lucas de la Cal

La familia Catrambone
 

Regina tiene los labios indecisos entre la sonrisa y el silencio. Aunque finalmente opta por lo segundo, avergonzada, al preguntarle por la embarcación con 600 personas que naufragó el miércoles y por los 2.000 muertos que van este año intentando cruzar el Mediterráneo. La encontramos mirando al mar desde su lujosa oficina en la ciudad de Sliema, en la costa noroeste de Malta, donde tiene la sede de su ONG MOAS (Estación de ayuda al migrante por mar). Sujeta un iPad en la mano desde el que sigue el rescate que su marido Christopher, su hija María Luisa, de 19 años, y su equipo están haciendo a 30 millas de Libia.


"Hoy han salvado a 118 personas, 15 niños y 103 adultos de Nigeria, Sudán y Eritrea", nos cuenta Regina, una mujer guapa en todos los sentidos. Sus enormes ojos oscuros muestran un corazón transparente y alegre. Pero se entristece al ver cómo Europa mira para otro lado -ahora hacia el Eurotúnel- esperando que el mar haga el trabajo sucio. Ella y Christopher hacen el trabajo limpio, humano y necesario. Salvan vidas. Y muchas. En dos años "han pescado" a 8.910 inmigrantes, refugiados, padres, niños y abuelos.

Los Catrambone son un milagro sobre unas aguas, las del Mediterráneo, que esconden más de 27.000 muertos en lo que llevamos de siglo, 5.000 de ellos sólo en los últimos dos años. Ella, Regina, 39 años, es italiana. Él, Christopher, 34, norteamericano. Ambos son multimillonarios, creen en Dios y en la posibilidad de salvar hombres, mujeres, niños... Por eso la de Regina, Christopher y Maria Luisa, su hija, no es una historia más sobre inmigración. Tampoco es triste. Es una historia positiva y de confianza en el ser humano.

Todo arrancó en un viaje de placer en el verano de 2013. Una navegación exclusiva de ricos. Y allí iban ellos, multimillonarios y deseosos de encontrar la isla más recóndita para disfrutarla sin gentío. De golpe supieron que ver no es tan importante como entender. Iban en aquel yate haciendo un crucero de Lampedusa a Túnez. Apoyados en la barandilla de la cubierta vieron flotar una chaqueta de una persona que se había ahogado al intentar llegar a Italia.

"Esa imagen nos impactó muchísimo. Íbamos a bajarnos en Rabbit Beach, una de las playas más exclusivas del mundo que está en Lampedusa. Pero no pudimos bañarnos pensando en la cantidad de gente que estaba muriendo en esas aguas. El capitán nos dijo que ya se habían ahogado 400 inmigrantes y se nos cayó el alma", afirma Regina. Pocos días después escuchó un discurso del Papa Francisco sobre la "globalización de la indiferencia" en el que pedía a los empresarios que ayudasen a los inmigrantes. Entonces pensaron que su misión en esta vida era hacer algo al respecto. "Miles de personas están muriendo diariamente a las puertas de nuestra casa. Tenemos la obligación ética y moral de ayudarles".

Lo que vino después fue el resurgir del ave Phoenix en forma de un antiguo barco de entrenamiento militar de 40 metros de eslora procedente de Estados Unidos. Lo compraron por cinco millones de euros y crearon la ONG MOAS como plataforma para tener más visibilidad internacional. Reformaron el navío y lo equiparon con botes, chalecos, la tecnología infrarroja más sofisticada y dos drones que pueden volar durante seis horas a una velocidad de 240 km. Se convirtió en un barco "salva inmigrantes" en el que entran 417 personas. Lo bautizaron con el nombre de Phoenix1, no con champán, como hacen los ricos, sino con agua bendita en una ceremonia religiosa.

Ese día Christopher Catrambone tenía un pequeño bigote, el pelo corto repeinado hacia atrás y una mirada limpia pero vacía. Un año después, este hombre que mide 1,97 de altura, tiene una frondosa barba, un aspecto más desaliñado y la mirada llena de emociones propias de una persona que vive cada minuto de su vida con intensidad. Quién le diría a Christopher, que ha ganado una fortuna ayudando a los demás, que ahora tendría que pagar por salvar vidas. Se crio en Lake Charles (Luisiana), es inteligente, intrépido y apasionado. Tiene la rapidez de un cerebro occidental y la paciencia oriental. Eso le ha ayudado en sus negocios. Fundó junto a Regina en 2006 la compañía Tangiers Group, una empresa afincada en Malta pero que se extiende por 52 países ofreciendo seguros y asistencia médica en zonas de conflicto. Y no les ha ido nada mal. Vendieron miles y miles de pólizas.

Christopher ya tenía más de 10 millones de euros en su cuenta antes de cumplir los 30. Pero su vida tampoco ha sido nada cómoda. Estuvo a punto de morir en un viaje que hizo a Israel para dar un cheque por discapacidad a un mutilado de guerra. Justo cuando llegó le cayó al lado un misil de Hezbolá, pero se salvó de milagro. Al igual que se salvó del huracán Katrina en 2005 cuando estaba trabajando en Nueva Orleans como investigador privado encargado de desenmascarar a quienes mentían a la compañía para cobrar indebidamente la póliza del seguro. Lo perdió todo y su vida dio un giro total. Se convirtió en un refugiado como a los que hoy salva del mar.

Dejó EEUU y viajó a Italia, a la región de Calabria, para buscar los orígenes de su apellido. Allí es donde se cruzó con Regina y su hijastra Maria Luisa en 2006. La madre de Regina vivía en un apartamento pegado al de Christopher, y se conocieron gracias a que Regina era una de las pocas personas de la zona que hablaban bien el inglés. Se enamoraron y crearon una empresa de seguros.

Debido a la crisis económica y al duro régimen fiscal, decidieron trasladarse a vivir a Malta en 2008. Dos años después se casaron y Christopher puso sus apellidos a Maria Luisa, de 19 años, inquieta, a la que la naturaleza le ha obsequiado con una belleza y una madurez nada propias de una chica de su edad. Ahora se ha tomado un año sabático en la universidad para ayudar a salvar vidas en el mar.

"Soy una afortunada por poder formar parte de algo tan importante. Lo que más me cuesta es controlar las expresiones de mi cara cuando estoy ayudando a algún médico a curar una herida grande. No quiero que me vean asustada porque ellos se asustan más", cuenta la chica. "Desde el año pasado Maria Luisa nos acompaña en los rescates. Es de gran ayuda porque en las operaciones hay muchos jóvenes y menores que conectan muy bien con ella, y se abren a hablar y a contar sus historias mejor que con cualquiera de nosotros", dice orgullosa su madre, Regina, que permanece todo el día en la sede de su ONG atenta a un nuevo aviso de naufragio que llega desde el Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo en Roma.

Compraron un viejo barco militar de EEUU, lo arreglaron y, en vez de champán, lo bautizaron con agua bendita

"Nosotros mandamos desde el barco a los drones a echar un vistazo y cuando avistan alguna embarcación empezamos la operación de rescate. Después desde el centro de Roma nos dicen dónde dejar a los inmigrantes", explica Regina, que reconoce no mantener ningún contacto después con los supervivientes. "Debemos focalizar nuestra energía y tiempo en salvar a toda la gente posible en el mar. Les acogemos, les damos ropa, comida... Después, en tierra, ya hay muchas ONG que se encargan de ellos".

Regina recuerda el primer rescate que hicieron con su Phoenix, el único buque en el mundo con financiación privada que realiza operaciones de salvamento marítimo. Era agosto del año pasado, organizaron un equipo de 23 personas y rescataron a 271 inmigrantes. En tan sólo dos meses, en 10 operaciones, los Catrambone y su tripulación ya habían salvado a casi 2.000 antes de ser trasladados a buques italianos que les llevarían a Sicilia. Este año salieron al mar el 2 de mayo. Y han realizado cuatro operaciones, junto con Médicos Sin Fronteras, poniendo a salvo a 7.000 personas.

"El caso más extremo que nos hemos encontrado es el de una señora que llegó con un fuerte cólico renal y la tuvieron que evacuar rápido en helicóptero. Pero a mí lo que más me sigue impresionando son la cantidad de niños y bebés que van en las embarcaciones y sobreviven de milagro en una travesía que con el calor del carburante pueden llegar a los 50 grados por lo que muchos llegan asfixiados", cuenta Regina.
El capitán Gonzalo

Este año el Phoenix ha salido al rescate con un gran grupo profesional de 21 personas. El capitán, Gonzalo Calderón, un español con muchos años navegando por esas aguas, los ingenieros de los drones, el equipo de expertos en seguridad de MOAS, dos enfermeros y dos doctores de Médicos sin Fronteras. Esta admirable ONG además tiene dos barcos más en la zona, el Dignity y el Argos, que patrullan constantemente el Mediterráneo salvando miles de vidas cada año. "Nosotros hemos entendido que había una crisis humanitaria, es la primera vez que hacemos rescates, pero tenemos que rellenar un hueco de ausencia institucional que está permitiendo que la gente se ahogue en el mar", afirma Paula Farias, responsable de las operaciones de rescate de Médicos Sin Fronteras.
La familia en acción


Su equipo, en colaboración con el del Phoenix, ha ayudado a personas como Fresghy, un chico de 20 años que dejó Eritrea sin decírselo a su familia. Pasó por Etiopía y Sudán, donde ganó algo de dinero para viajar a Libia en pequeños contenedores en los que estaban apiñadas 40 personas. "Muchos murieron en el camino. Cuando llegué a Libia nos encarcelaron las mafias y tuve que llamar a mi familia para pedirles dinero porque si no nos mataban. Lo peor fue presenciar cómo a las mujeres que nos acompañaban las violaban sin parar", recuerda Fresghy. "Cuando mi familia pagó me pusieron en una lancha con otras 550 personas. No nos ahogamos de milagro".

Agnes, 30 años, es una de esas tantas mujeres que vive con la espada de Damocles sobre su cabeza en un país donde las mujeres no existen. También consiguió escapar de Eritrea con su hija de dos años. Cuando llegó a Libia la encerraron varios meses en una casa junto con otras 600 personas casi sin comida y recibiendo palizas día tras día hasta que pagó 1.700 dólares para que ella y su hija fueran a Europa en una pequeña embarcación que fue rescatada por el barco de los Catrambone. "Nosotros somos unos simples ciudadanos normales que hacemos lo que sentimos. Nos fastidia cuando nos llaman millonarios salva personas. Pero tampoco somos héroes", afirma la pareja, que pide más colaboración. "Necesitamos más ayuda. Nadie tiene la varita mágica para solucionar el problema, pero Europa y sus habitantes no pueden mirar para otro lado. Los inmigrantes no vienen aquí por placer, muchos son refugiados y tienen derecho al asilo". Ahora los Catrambone a través de su ONG están llevando una campaña de crowdfunding para seguir con operaciones de salvamento en el Mediterráneo, ya que cada mes que están presentes en el mar les sale por 400.000 euros.

Regina acaba de compartir en Facebook una frase del Papa. "No hay que caer en el pesimismo. La fe mueve montañas". Y su ejemplo da fe y esperanza en que todavía existen personas que no miran para otro lado.


Fuente: http://www.elmundo.es/cronica/2015/08/09/55c5c277268e3e58158b4570.html

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